Perón y la revolución cubana

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NOTA PREVIA

El presente trabajo estudia uno de los aspectos menos conocidos de la historia del peronismo: la influencia que
el pensamiento del general Perón tuvo sobre las fuerzas revolucionarias cubanas de las décadas del 40-50 y, en especial,
sobre el joven Fidel Castro y su naciente movimiento insurreccional. En ese sentido, este escrito es el anticipo de uno
más extenso que no sólo historiará ese influjo peronista sobre el castrismo, sino que, a la vez, analizará su complemento
simétrico: la posterior gravitación del castrismo ya triunfante (1959) sobre el peronismo de la Resistencia y el exilio.
Si bien el tema de este trabajo puede parecer histórico, nuestro obje tivo es. en lo esencial, político: queremos
rescatar en toda su integridad revolucionaria, antioligárquica y antiimperialista a ese verdadero gigante libertario que
fue el general Juan Do mingo Perón, cuyo mensaje de Liberación trascendió y trasciende las fronteras argentinas para
alcanzar dimensiones continentales y tercermundistas. Ese Perón, revolucionario histórico y real, nada tiene que ver
con el triste león desdentado que nos pretenden vender los tránsfugas liberal-menemistas al servicio de ese mismo
imperialismo al que Perón combatió. Pero tampoco es el que fantasean ciertos neoperonistas “rosas” y socialdemocratizantes
que, si bien critican la innegable traición menemista, coinciden finalmente con ella en el

reaccionario
intento de construcción de un pseudoperonismo pequeñoburgués, intelectualoide y amanerado; castrado de todo
contenido y potencial nacionalista, obrero, popular, tercermundista y revolucionario.
Frente a liberales comisionistas, del Imperio, a reformistas de la eunuca centroizquierda cipaya, o a falsos
“nacionalismos” antiperonistas y en nada populares, levantamos cada vez más la firme convicción en los valores
revolucionarios del tercerismo antico lonial peronista. La bancarrota de las dictaduras burocráticas comunistas y el pase
sin disimulos de la ex-URSS al bloque imperialista encabezado por los superbandidos yanquis, reafirma nuestras más
claras tesis fundacionales: el único anticapitalismo posible es el representado por Movimientos Nacionales y Populares
de Tercera Posición. Ya cayó el explotador sistema comunista, ahora hace falta derribar al aún más explotador sistema
capitalista.

Tan sólo la mitad del camino está hecha.
Recordar el mensaje revolucionario del general Perón, es, pues, reafir mar su vigencia práctica actual, de la misma
forma que recordar la influencia peronista en la primera etapa de la Revolución castrista cubana nos permite entender
que, como ya escribiéramos hace más de un año atrás:
“El aislamiento de Cuba puede llevar a su reencuentro con la Patria Grande Latinoamericana, prescindiendo de
las viejas fórmulas marxistas y adhiriendo de nuevo al nacionalismo revolucionario tercerista del castrismo inicial. El
fin del Imperio comunista anticipa el derrumbe del Imperio capitalista. Cada Pueblo debe luchar por su Revolución
Nacional al tiempo que se forjan lazos de unidad, solidaridad y organización mundial de todas las naciones oprimidas,
con tra los imperialismos, la injusticia y la reacción” (1).

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INTRODUCCIÓN

El 26 de julio de 1953 el recién nacido castrismo surge por primera vez a la luz pública con el intento de toma
del Cuartel Moncada; operación guerrillera cuyo fracaso sirve de pretexto para que el dictador Batista masacre a cerca
de un centenar de com batientes revolucionarios o simples opositores. Hecho generalmente olvidado: para resguardarse
de la cruenta represión son varios los guerrilleros fidelistas que se refugian en la Embajada de la Argentina Peronista.
Ese sería el caso, por ejemplo, de Raúl Martínez Ararás y Antonio López, responsables del simultáneo asalto al Cuartel
de Bayamo para impedir que su guarnición -unos 400 soldados- acudiera en defensa de los del Moncada (2).
En la Embajada Argentina en La Habana también encuentra refugio alguien sindicado por el diario oficialista
“Alerta” del 27 de julio como uno de los dos responsables máximos de dicha operación. Nos referimos a José Pardo
Liada, dirigente del mismo Partido del Pueblo Cubano “Ortodoxo” al que aún pertenecía Fidel Castro; futuro
combatiente de Sierra Maestra y, a la vez, uno de los más claros simpatizantes del Peronismo en la isla del Caribe, autor
incluso de diversas obras en defensa de la Tercera Posición Justicialista (3).
La evidente actitud solidaria del Gobierno Peronista con respecto a los insurgentes antibatistianos contrasta con
las posiciones de algunos grupos supuestamente “antidictatoriales”, “antiimperialistas” y “revolucionarios”. Los
comunistas prosoviéticos cubanos -Partido Socialista Popular-, por citar un solo caso, en su “Carta de la Comisión
Ejecutiva Nacional del P.S.P. a todos los Organismos del Partido” (30 de agosto de 1953) condenaban el castrismo
definiendo el asalto al Moncada como una tentativa “golpista, aventurerista, desesperada, característica de una pequeña
burguesía sin principios y comprometida con el gangsterismo”. Recién en julio de 1958, pocos meses antes del triunfo
final, los comunistas moscovitas cambiarán esa estúpida y reaccionaria posición subiéndose al carro del vencedor.
La vinculación de la primera guerrilla castrista con la Argentina peronista no será, por lo demás ni esporádica
ni asunto meramente anecdótico.
y de algún dirigente suelto. El propio Carlos Franqui -militante del castrismo desde su fundación, combatiente
urbano y de Sierra Maestra, secretario de organización del Comité del Exilio del Movimiento 26 de Julio y tras la victoria
fidelista, director del diario oficial “Revolución”- en una de sus obras recuerda que, al menos hasta principios de la
década de los 50, Fidel “simpatizaba con un peronista antiimperialista” (4).
Se trata, como veremos, de una actitud en nada “platónica” y que lle gará a contactos orgánicos que anali zaremos
a continuación.
EL EJEMPLO REVOLUCIONARIO PERONISTA

Si bien no es nuestro objetivo analizar en profundidad la naturaleza de la Revolución Peronista en su período
1945-55, a la vez es cierto que no puede entenderse la influencia de ese Peronismo en el castrismo inicial si no ubicamos
la experiencia argentina en el contexto latinoamericano de la época.
El Peronismo llega al poder y consolida su obra en el marco de un enfrentamiento total con el imperialismo
yanqui y la oligarquía local a él asociada. La disyuntiva “Braden o Perón”, con la que nace el Movimiento Nacional
Popular liderado por el entonces coronel Perón, marca profundamente a ese Movimiento y demuestra su verdadero
carácter antiimperialista. Que ese antiimperialismo no es retórico lo demuestran algunas sencillas cifras: el capital
extranjero que en 1945 era un 15,4% del capital total, en 1955 ya es sólo un 5,1%. Las salidas de capitales (ganancias
imperialistas) que en el período 1940-44 suponen un promedio anual de 382 millones de dólares de 1950, en el año
1955 se reducen a 34 millones de dólares. La nacionalización de los medios de comunicación y transportes, sistema
financiero, seguros y reaseguros, comercio exterior, etc., son precisamente, los instrumentos que unidos a una enérgica

política industrialista y de sustitución de importaciones, logran el abierto objetivo de la Independencia Económica
como base imprescindible para el desarrollo nacional y la justicia social.
Contradiciendo a los que afirman la necesidad de capitales extranjeros -yanquis principalmente- para los paí –
ses “subdesarrollados” del Tercer Mundo, la Independencia Económica se caracteriza en el ejemplo peronista por
garantizar un proceso de crecimiento jamás igualado en nuestro país. Cifras cuentan: entre 1946 y 1955 la producción
industrial a precios constantes de 1960, pasó de 164 mil millones de pesos a 277 mil millo nes, con lo que el crecimiento
supera en más del 12% al que se registrara en la década 1935-1945. En el mismo período también, el producto conjunto
de la industria manufacturera, la cons trucción y los servicios energéticos, de transporte y comunicaciones, pasaron de
224’1 miles de millones a 324’5 miles de millones, lo cual significó un incremento superior en más de un 30% al que se
diera en los 10 años precedentes. Eso explica el que en la Argentina peronista, al contrario que en todos los países
capitalistas, se llegase en ese período al ideal generalmente inalcanzable de la plena ocupa ción laboral.
Independencia económica y desarrollo de la economía, por otra parte, repercuten sobre todo en el Pueblo
trabajador, que accede a niveles de vida inéditos para nuestro continente. La participación del sector asalariado en el
Ingreso Neto pasa de un 44,1% en 1943 a un 57,4% en 1954 (en la actualidad no es mucho mayor del 20%). Los salarios
reales suben de un índice 100 en 1945 a un índice 164,7 en 1955. Y todo ello sin tener en cuenta beneficios indirectos
pero no menos palpables: obras sociales, vacaciones pagadas, sueldo anual extra ordinario (“aguinaldo”), colonias de
vacaciones, asistencia social directa mediante la Fundación Eva Perón, construcción de nuevas escuelas y hospitales
(en 1946 sólo había 15400 camas en los hospitales estatales; en 1951 existían ya 114.000); enseñanza gratuita, aprendizaje
industrial, uni versidades nacionales obreras, vivienda barata, descenso del analfabetismo del 15 al 3,9%, etc.
ESTADO SINDICALISTA

Todo esto, a su vez, deslumbra más a numerosos revolucionarios y antiimperialistas latinoamericanos por el
hecho de que el mismo Perón insiste una y mil veces en que es tan sólo “el principio” de una Revolución aún más
profunda. El 1° de mayo de 1952 es así como Perón manifiesta pública mente que:
“Para el capitalismo la renta nacional es producto del capital y pertenece ineludiblemente a los capitalistas. El
colectivismo cree que la renta nacional es producto del trabajo común y pertenece al Estado porque el Estado es
propietario total y absoluto del capital y el trabajo. La Doctrina Peronista sostiene que la renta del país es producto del
trabajo y pertenece, por lo tanto, a los trabajadores que la producen”.
Y, por si quedase alguna duda, añade:
“Los trabajadores adquirirán progresivamente la propiedad directa de los bienes capitales de producción, del
comercio y de la industria, pero el proceso evolucionista será lento y paulatino”.
Se trata, como escribirá un estudioso del fenómeno peronista, de planteamientos en cierta medida emparentados
con los del sindicalismo revolucionario:
Más que el socialismo clásico, el Peronismo en gestación adoptó ideas fundamentales del anarcosindicalismo
hispano-francés, el cual ya tenía una tradición no despreciable en el gremialismo argentino. Se trata aquí de dos
exigencias: a) el directo protagonismo político del sindicato (no por mediación del partido) sobre todo a través de la
huelga general como instrumento de acción; y b) el objetivo lejano de una administración de los medios de producción
por los sindicatos mismos. Ya el Congreso Sindical de Amiens (1906) había proclamado “el sindicato actualmente nada
más que un grupo de resistencia, será en el futuro el responsable de la producción y distribución, bases de la organiza –
ción social” (5).
Esta similitud es palpable cuando Perón define el Estado Justicialista futuro como un “Estado Sindicalista” ya
que: “Lo que viene demostrando como adelanto, diremos así, de la teoría, es que entre lo político y lo social el mundo
se encuentra en un estado de transición. Nosotros estamos a caballo de esa evolución, en mi concepto. Tenemos la
mitad sobre el cuerpo social y la otra mitad sobre el cuerpo político. El mundo se desplaza de lo político a lo social.
Nosotros no estamos decididamente ni en un campo ni en el otro, estamos asistiendo al final de la organización política
y al comienzo de la organización social… Yo no puedo abandonar el partido político para reemplazarlo por el
movimiento social. Tampoco puedo reemplazar el movimiento social por el político. Los dos son indispensables. Si esa
evolu ción continúa, nosotros continuare mos ayudando a la evolución. Cuando llegue el momento propicio le hare –

mos un entierro de primera, con seis caballos, al partido político y llegare mos a otra organización. Pero estamos en
marcha hacia el estado sindicalista, no tengan la menor duda” (6).
La importancia de la organización sindical en el Estado y el Movimiento Peronista, del cual se define como
“columna vertebral”; la existencia de ministros, diputados y gobernadores obreros; el rol de los sindicatos en
constituciones provinciales como la del Chaco; la sindicalización (entrega de la propiedad a los sindicatos obreros) de
las cervecerías Bemberg o del diario “La Prensa”, son señales claras de lo que a partir de la década de 1960 Perón
empezará a definir como “socialismo nacional, humanista y cristiano”; es decir: un socialismo sindicalista
autogestionario de liberación na cional y de Tercera Posición.
EL NACIONALISMO REVOLUCIONARIO CUBANO

Si grande es la influencia de la Revolución Peronista en toda Latinoamérica, más lo es aún en Cuba, tan to que
un informe de 1956 editado por la Revolución Libertadora llega a afirmar que: “Cuba ha sido foco peronista en el
Caribe” (7). Tal hecho es debido a la conjunción en la isla caribeña de dos factores: la presencia directa del prepotente
imperialismo yanqui unida al carácter abiertamente contrarrevolucionario del comunismo precastrista.
Respecto a la presencia yanqui debemos recordar que Cuba es el último país latinoamericano en independizar –
se del dominio español y que cuando lo hace (1898) es por la presencia de las tropas yanquis, que con el pretexto de la
voladura de su navío (Maine) invaden la isla y derrotan a los españoles. El carácter colonial de esa Cuba supuestamente
“independiente” queda confirmado en la propia Constitución “nacional” con la inclusión en junio de 1901 de la llamada
“enmienda Platt” (por el nombre del senador Orviolle Hitchcock Platt, de Connecticut) que afirmaba explícitamente:
“Cuba consiente que los Estados Uni dos puedan ejercitar el derecho de in tervenir en la defensa de la independencia
cubana y en el mantenimiento de un gobierno adecuado para la protección de la vida, de la propiedad y de la liberación
individual”.
Frente a ese expansionismo yanqui ya denunciado por patriotas como José Martí (“He vivido dentro del
monstruo y conozco sus vísceras; mi honda es la de David”), surge un nacionalismo an tiimperialista cada vez más
intransigente que, como cuenta el profesor Robert F. Smith, del Texas Ludieran College, en su obra The USA and Cu –
ba, hace que en junio de 1922 (y no en 1959 o en 1960) un diario de La Habana aparezca con un titular sobre ocho
columnas: “El odio hacia USA será la religión de los cubanos”.
Cuando para contener ese pujante antiimperialismo los EE.UU. promue ven la sangrienta dictadura del presi –
dente del Partido Liberal, Gerardo Machado (1924-1933), la oposición patriótica y popular se ve obligada a adoptar
como recurso de acción la resistencia armada, el terrorismo individual, el sabotaje y la conspiración insurreccional. Es
en esa experiencia de nacionalismo revolucionario armado no comunista donde puede encontrar se el origen histórico
del primer castrismo.
NACIONALISMO REVOLUCIONARIO FRENTE A COMUNISMO

En setiembre de 1933 una exitosa combinación de movilización de ma sas, huelga general y sublevación cívicomilitar,
derriba a la dictadura de Machado y entrega el poder a dos representantes de ese nacionalismo revolucionario:
Ramón Grau San Martín y, sobre todo, Antonio Guiteras, partidario este último de una Re volución Nacional
Antiimperialista que culminase en una forma autóctona de socialismo que, de acuerdo con su programa, no era una
“construcción caprichosamente imaginada, sino una deducción nacional basada en las leyes de la dinámica social” (8).
Tal gobierno se ve, sin embargo, atacado no sólo por las fuerzas procapitalistas y proyanquis sino también por el co –
munismo vernáculo que promueve “soviets” armados en diversos puntos lejanos de la isla con la peregrina idea de
derrocar al gobierno “burgués”.
El ultraizquierdismo “combativo” prosoviético contra un gobierno popular y antiimperialista se entiende aún
menos si se conoce el hecho de que en plena insurrección, antimachadista (agosto de 1933) los dirigentes comunistas
César Vilar y Vicente Álvarez “habían prometido a Machado suspender la huelga si se les otorgaba el reconocimiento
oficial de la CONC” (9) (sindicatos cubanos). Presos del esquema de “clase contra clase” que por aquel entonces
propugnaba la In ternacional Comunista, los stalinistas caribeños consideraban que tan “burgueses” eran Machado

como los opositores así que prefirieron carnerear la lucha a cambio de beneficios particu lares y legalistas.
Lastimosamente Fabio Grobart, fundador del PC, varias décadas después afirmaría que la orden comunista de romper
la huelga no tuvo el mínimo éxito ya que “los obreros de La Habana -que fueron los únicos que se enteraron de esta
actitud-, eliminaron, con su firme acción, cualquier incomprensión sobre el carácter de la huelga general, y el Partido
y la CONC, rectificaron el error momentáneo, y, con los trabajadores, adoptaron la decisión unánime de no volver al
trabajo mientras Machado estuviese en el poder” (10). La enmienda, no obstante, resultó peor que la copla ya que,
como vimos, del economicismo de derechas frente a Machado pasaron milagrosamente al ul traizquierdismo
insurreccional contra un gobierno nacional-popular en una extraña mezcla de blandura con los cipayos y dureza contra
los patriotas.
LA DICTADURA DE BATISTA

Aprovechando la agresión en pinzas (desde la derecha y la izquierda) contra el gobierno Grau-Guiteras, el coronel
Fulgencio Batista se apodera del poder que controla, directamente o mediante presidencias títeres, hasta, 1939. Ello
obliga a la oposición, generalmente armada. Así Grau San Martín funda el Partido Revolucionario Cubano “Auténtico”,
que en lo ideológico algunos autores vinculan al “varguismo, cardenismo, peronismo, aprismo, MNR (Bolivia), Acción
Democrática (Venezuela), velasquismo (Ecuador) y liberacionismo (Costa Ri ca)” (11); Guiteras constituye la orga –
nización revolucionaria político-mili tar “Joven Cuba”, con características socialistas y nacionalistas. El grupo nacionalista
influenciado por los fascismos europeos ABC (que ya había luchado con las armas contra Machado) sigue operando
militarmente, los sectores insurreccionales del Partido “Auténtico” constituyen diversas or ganizaciones de combate
(Unión Insurreccional Revolucionaria, Organización Auténtica, Movimiento Socialista Revolucionario) etc.).
De este bloque opositor, como era de esperar, no forma parte mucho tiempo el Partido Comunista que, a partir
de 1938, y siguiendo la nueva línea “antifascista” de la Internacional Comunista, considera a Batista un posible “aliado”.
El razonamiento es hasta cierto punto lógico… para cualquier agente moscovita: en la medida que para la URSS el
enemigo principal era la Alemania de Hitler, los yanquis eran posibles aliados y, por con siguiente, los diferentes gobiernos
proyanquis (como el de Batista) apoyables por los PC locales. En el caso cubano eso se ve patentemente en una serie de
hechos:
• A fines de 1938 es legalizado por Batista el PC.
• El 25 de julio de 1940, el gene ral Batista, apoyado aún por los comunistas, triunfa sobre el Partido “Autén –
tico” aprovechando que la nueva constitución democrática no debía ser aplicada hasta 1943. El triunfo
batistiano-comunista se obtiene según el antiguo método de escrutinio restrictivo, que sólo permite votar
a la mitad del electorado.
El 24 de julio de 1942, Batista hizo entrar a dos ministros comunistas, Juan Marinello y Carlos Rafael
Rodríguez en su gobierno. Eran los primeros comunistas en el poder en América Latina. Rodríguez,
paradóji camente, con posterioridad también jugaría un importante papel en el gobierno castrista.
Las primeras elecciones libres, en 1944, acaban con el cogobierno batistiano-comunista cuando el Dr. Grau San
Martín obtiene una mayoría de votos (65%) sobre Salgarida, el candi dato de Batista apoyado por los comunistas. Ello
supone un evidente retroceso para los stalinistas cubanos que, privados del apoyo estatal, empiezan a ser desplazados
por sindicalistas “auténticos” o simplemente antibatistianos, al mismo tiempo que los anti guos grupos insurreccionales
antidictatoriales, con el apoyo ahora del gobierno, empiezan a hacerlos blancos de sus atentados no por comunistas si –
no por filobatistianos.
EL JOVEN FIDEL CASTRO

En 1945, año de la Revolución Peronista, Fidel Castro ingresa en la Universidad de La Habana y, mediante ella,
en la vida política. Su naturaleza revolucionaria le hace aproximarse a los grupos insurreccionalistas, aún no
desmovilizados, del Partido “Auténtico” que aún mantenían cierta imagen nacionalista revolucionaria. Es así como se

integra a la Unión Insurreccional Revolucionaria, de Emilio Tro, según afirman algunos autores (Yves Guilbert, Pardo
Liada) aunque otros (K.S. Karol) sostienen que si se vincula a la U1R es como “indepen diente” y más que nada para
evitar la presión del Movimiento Socialista Revolucionario, grupo también “auténtico” pero enfrentado a la U1R y bajo
la conducción de Mario Salabarría.
Es Mario Salabarría, precisamen te, quien en 1947 organiza un autodenominado “Ejército de Liberación de
América” que, dividido en cuatro ba tallones (denominados respectiva mente: “Antonio Culteras”, “Máximo Gómez”,
“José Martí” y “Augusto César Sandino”) intenta la invasión del Santo Domingo de Trapillo para derrocar dicha
dictadura y, posteriormente, hacer lo mismo con la de Somoza en Nicaragua. Fidel Castro, que junto a Carlos
Franqui y otros revolucionarios forma parte de dicha expedición, es uno de los pocos que logra escapar cuando,
tras tres meses de concentración en Cayo Confite, los revolucionarios son detenidos por el ejército cubano, temeroso
de las reales intenciones del numeroso grupo armado. La primera acción que podríamos definir como “armada” de
Fidel Castro, aunque tan sólo sea un joven recluta por aquel entonces, para algunos historiadores ya tiene que ver
con el Peronismo. K.S. Karol, por ejemplo, al hablar de la expedición asegura: “Ésta ya había recibido del presidente
argentino Perón un apreciable regalo: 350.000 dólares en armas de diversos tipos” (12). Aunque no creemos que ese
apoyo fuese real -pues no existe ningún documento o testimonio argentino de la época que lo corrobore- la
afirmación sirve para ver como se consideraba al Peronismo en la época: un movimiento revolucionario,
antidictatorial y antiimpe rialista.
PERÓN Y FIDEL CASTRO

El primer contacto documentado entre Peronismo y castrismo se da precisamente a principios del año siguiente.
El dirigente peronista Antonio Cañero recuerda que, en ese año, después de crear una Federación Nacional de
Universitarios Peronistas:
“Intenté organizar un congreso, ya no nacional sino latinoamericano de estudiantes nacionalistas. Lo entrevisté
a Perón, logré su consentimiento y acompañado de un dirigente cubano, Santiago Touriño Velázquez, recorrimos
Santiago de Chile, Lima, Panamá y La Habana. Los referentes políticos eran obvios: Albizu Campos, Playa de la Torre,
Arnulfo Arias. En marzo de 1948 llegamos a La Habana y a una de las reuniones asistió Fidel Castro. Me previnieron
mis amigos cubanos, en especial Touriño, sobre la actitud radicalizada de Fidel (…) Tou riño, actualmente exiliado en
Miami me lo describió como una figura singular. No tuve tratos con él pero a los pocos días viajó a Bogotá y participó
del bogotazo” (13).
Sobre la participación de Castro en ese congreso latinoamericano de nacionalistas y peronistas, así como sobre
las reuniones previas, da también información el ya citado dirigente cubano Pardo Liada:
“A fines de marzo de 1948, llegó a La Habana el senador argentino Diego Luis Molinari, uti lizando a Luis Priori,
delegado obrero de la Embajada argentina, estableció contacto con los principales dirigentes universitarios cubanos,
invitándoles a participar en una conferencia anticolonialista en Buenos Aires, donde recla marían la devolución de las
islas Malvinas.
El embajador peronista se entre vistó con el presidente de la FEU Enrique Olivares, y el secretario de ese
organismo, el comunista Alfredo Guevara, que acababa de llegar de Moscú, repuesto de sus dolencias pulmonares.
Ambos viajarían a Bogotá, aprovechando la 9a Conferencia Americana, para hacerle propaganda al congreso
anticolonialista de Buenos Aires, convocado por Perón a principios de mayo.
Enterado Castro del viaje de Ovares a Bogotá quiso unirse a la delega ción. Al saber que Molinari facilitaba los
pasajes, me pidió le consiguiera una entrevista con el argumento, a quien vio en el Hotel Nacional. Al encuentro con el
embajador de Perón acudió Castro acompañado por Rafael del Pino y el estudiante pro-peronista Santiago Touriño.
Castro hizo la mejor impresión a Molinari. Desde muy joven Castro tenía carisma de líder. Y salió de la entrevista con
la promesa del senador de invitarlo a un viaje con tres escalas:
Panamá, Bogotá y finalmente, Caracas. Con pasajes pagados por Perón viajaron a Colombia Enrique Ovares,
Alfredo Guevara, Fidel Castro y Rafael del Pino. Mientras, otra delegación estudiantil cubana, también respaldada por
el senador peronista, con los estudian tes Touriño, Tabeada y Esquivel, visitaría varios países de Centroaméri-ca en
función del proselitismo para la Conferencia Antiimperialista de Bue nos Aires” (14).

LA IDEOLOGÍA DEL JOVEN CASTRO

El Fidel que tiene estos contactos y relaciones con la Argentina peronista no es ya un “francotirador” de los
grupos armados más o menos vinculados a los “Auténticos”, sino un militante encuadrado en el Partido del Pueblo
Cubano “Ortodoxo”. La “ortodoxia” surge precisamente como escisión de los “Auténticos” y en oposición a la corrupción
y abandono de los principios nacionalistas revolucionarios por parte de los gobiernos de Grau San Martín y Pío Socarras,
y la gangsterización delictiva de sus colaterales armadas. Con consignas cen trales como “independencia económica,
libertad política y justicia social” (15) claramente inspiradas en las Tres Banderas Justicialistas, es lógico que la “ortodoxia”
sea el lugar natural de militancia de los filoperonistas cubanos, desde Pardo Liada a Fidel Castro.
Como el nuevo golpe de Batista, en marzo de 1 952, tiene por propósi to explícito impedir el triunfo electo ral de
ese Partido “Ortodoxo”, sus militantes se ven obligados a pasar a la lucha armada. El grupo encabeza do por Fidel Castro
que asalta el cuartel Moncada (“Juventud del Centenario” o “Movimiento”) tiene por fin, como escribió Fidel al dirigente
ortodoxo de Santiago Luis Conté Agüero: “poner el orden en manos de los ortodoxos más fervientes. Nuestro triunfo
hubiera significado la subida inmediata al Poder de la ortodoxia primero, provisionalmente y después mediante unas
elecciones generales”.
Esa identidad ideológica con la ortodoxia continúa aún ya fundado el Movimiento 26 de Julio. En carta de Castro
al Congreso del Partido “Ortodoxo”, el 16 de agosto de 1955, éste afirma: “el Movimiento 26 de Julio no constituye una
tendencia en el interior del Partido; es el aparato revolucionario del “chibasismo” enraizado en su base de la que ha
surgido para luchar contra la dictadura cuando la ortodoxia ha demostrado ser impotente debido a sus mil divisiones
internas (…) una ortodoxia sin dirección de latifundistas del tipo Fico Fernández Casas; sin azucareros del estilo Gerardo
Velázquez; sin especuladores bursátiles, sin magnates de la industria y el comercio, sin los abogados de las grandes
fortunas, sin potentados provinciales, sin politicastros…” (16). Re cién el 19 de marzo de 1956 el M-26 rompe formalmente
con el Partido Ortodoxo aunque en plena lucha insu rreccional y hasta poco antes de llegar al poder los militantes y
dirigentes de la Ortodoxia: “como grupo se habían convertido prácticamente en un satélite de la causa castrista, siguiendo
sus directivas casi al pie de la letra. Parecían convencidos de que el Movimiento 26 de Julio era una rama de su propio
partido, y algunos considera ban a Castro como un intrépido redentor que ejecutaba un acto heroico para el cual a ellos
les faltaba coraje” (17). “Nuestra Razón”, Manifiesto-Programa del Movimiento 26 de Julio fechado en noviembre de
1956, levanta consignas en gran medida identificables a las de la Ortodoxia (y al Pero nismo) como la lucha por la “sobe –
ranía política, independencia económica y cultura diferenciada” dentro de un “pensamiento democrático, nacionalista
y de justicia social”.
PERONISMO Y MOVIMIENTO OBRERO CUBANO

La influencia del Peronismo histórico no sólo se nota en las organizaciones políticas del nacionalismo
revolucionario pre-castrista. Dadas las características nacional-proletarias y sindicalistas de la Argentina Peronista es
más lógico que su influjo mayor se produce en el Movimiento Obrero Latinoamericano. Cuba no sería una excepción
y es su Movimiento Obrero la mejor prueba de la convergencia entre el tercerismo revolucionario properonista y el
nacionalismo revolucionario no marxista del castrismo inicial.
El 20 de noviembre de 1952, en la ciudad de México, representantes de organizaciones obreras de nuestro
Continente pertenecientes a 19 países, convocados por la CGT argentina de ciden constituir la Agrupación de Tra –
bajadores Latinoamericanos Sindicalistas (ATLAS). Se trata de una central obrera continental y antiimperialista opuesta
tanto al pseudosindicalismo amarillo de la proyanqui ORIT, como al regimentado sindicalismo filosoviético de la
CTAL.
En la constitución de ATLAS tiene un papel destacable el dirigente sindical cubano del transporte Fernando
Pérez Vidal. Este militante, exiliado por la dictadura batistiana y futuro dirigente sindical castrista, ocupa desde la
fundación de ATLAS la Secretaría de Relaciones Exterio res, aunque en 1953 llegaría a ser designado transitoriamente
como Secretario General de dicho organismo continental peronista.
Que la vinculación entre el Movimiento Obrero Peronista Argentino y el Movimiento Obrero Castrista cubano
no es circunstancial y efímero lo prueba la larga correspondencia entre esos dirigentes obreros castristas, ya llegados al

poder, y el aún Secretario General de ATLAS, el argentino (y peronista) Juan Garone. Así, el 16 de febrero de 1960
Pérez Vidal solicita a aquel el envío “…del carné como delegado de ATLAS en el Caribe o solo en Cuba” recalcando que:
“Hoy, gracias a la Revolución Libertadora que rige los destinos de la nación y que encabeza ese invencible líder y gran
estadista Fidel Castro Ruz, nuestra pequeña patria, pero digna, tiene un puesto destacado en las naciones libres del
mundo. Exactamente lo que logró vuestra gran patria bajo las banderas gloriosas del Justicialismo que hizo posible
Independencia Económica, Justicia Social y Soberanía Política…”. Y añade, por si quedase alguna duda: “Cambia nada
más que la forma, o sea, no decir ATLAS o Justicialismo es un proble ma complejo de dirigentes poco ma duros y con
muy escaso nivel político que ven fantasmas donde sólo brilla el sol más claro y mejor”.
En idéntico sentido se manifiesta el también dirigente obrero cubano José Gayoso en carta al mismo Garone:
“En cuanto a los fines que el gobierno cubano persigue son puramente nacionalistas (…) En cuanto a ATLAS creo que
sería conveniente que ustedes se dirigieran al compañero David Salvador, Secretario Gene ral de la CTC para llegar a
un fin práctico en la reorganización en ésta de ATLAS (…) con hombres que sienten los ideales del Justicialismo” (18).
Para una mejor comprensión de lo anterior aclaramos que el citado David Salvador era un exdirigente comunista
que en 1947 había roto con los prosoviéticos locales para acabar integrándose en el castrismo, del cual dirige durante
la Revolución su brazo sindical: Sección Obrera del M-26 de Julio, posteriormente conocida por “Frente Obrero Nacio –
nal Unido” (FONU) tras la absorción de la Sección Funcional de Trabaja dores de la Ortodoxia Histórica y la Sección
Obrera del Directorio Revolucionario. Salvador dirige numero sas huelgas durante la resistencia antibatistiana,
generalmente combina das con acciones armadas. Tras la llegada al poder del castrismo el Primer Congreso Nacional
de la CTC (ya convertida en central obrera úni ca) la lista de David Salvador y el M-26 obtiene el 90% de los votos frente
a sólo un 5% de los “Auténti cos” y otro 5% de los comunistas. La presión del propio Fidel para una lis ta de unidad
castrista-comunista es rechazada, no por un anticomunismo de derechas sino porque, como reconoce un marxista
estudioso de la Revolución Cubana durante la Revolu ción: “El PSP (prosoviético) no veía con buenos ojos al Frente
Obrero Nacional, fundado por los castristas y dirigido por David Salvador, antiguo comunista; el PSP desconfiaba
simultáneamente de las tendencias anticomunistas de una cierta propaganda del M-26 y de sus exaltacio nes izquierdistas
de la lucha armada. (…) No se encuentra ni una sola hue lla de la participación de los comu nistas en esa decisiva batalla
del frente urbano” que fue la huelga ge neral del 9 de abril de 1958, dirigida por el FONU.
SÍNTESIS

¿Cómo una Revolución Nacionalista y Tercerista, emparentada directamente con el Peronismo histórico, pudo
acabar convirtiéndose en un sistema marxista-leninista de partido único?

De hecho la Revolución castrista, hasta el 2
de diciembre de 1961, no se define como comunista sino como tercerista. Los matasellos cubanos dirigidos a USA
dicen: “Nuestra Revolución no es capitalista ni comunista, sino humanista”.

El propio Fidel en el diario “Revolución”
del 17 de marzo de 1959 afirma: “Frente a ideologías que se dis putan la hegemonía, surge la Revolución Cubana, con
ideas nuevas y acontecimientos nuevos. No van a confundir al Pueblo llamándonos co munistas”. También algo después
el propio Che Guevara afirmaría en carta a “Bohemia”, publicada el 14 de junio de 1959: “si fuera comunista no dudaría
en pregonarlo a voces”.
Esa Revolución Nacional, sin embargo, se ve cercada por los yanquis obligando al gobierno cubano a radicalizar
cada vez más sus posiciones. Cuando la Revolución Cubana, por ejemplo, decide importar petróleo ruso y las tres
refinerías yanquis en Cuba se niegan a procesarlo. Fidel nacionaliza esas propiedades yan quis. Los yanquis contestan
suspendiendo la cuota de azúcar. Castro contraataca rompiendo relaciones con los yanquis y obteniendo un primer
crédito soviético. Los yanquis auspician el desembarco en Bahía Cochinos (abril de 1961), Castro se proclama “marxistaleninista”.
Se trata de una radicalización en gran medida forzada por los yanquis como reconoce el Che en una entrevista
a L. Bergquist, “Look”, noviembre, 1960: “Excepción hecha de nuestra reforma agraria, que el pueblo deseaba y había
iniciado espontáneamente, todos los procedimientos radicales que hemos adoptado han sido una respuesta directa a
los actos de agresión por parte de los potentes monopolios de los que vuestro país es el máximo exponente. Para saber
hasta donde llegará Cuba, es necesario preguntarle al gobierno de los EE.UU. hasta donde él quiere llegar”.
La estrategia de apoyarse en los rusos para combatir a los yanquis no es aceptada, de todos modos, por la totalidad
del viejo castrismo. Franqui distingue en ese sentido al menos cuatro corrientes internas: los pro yanquis que se

conformaban con una “democratización” antibatistiana, los nacionalistas democráticos, la co rriente obrera
revolucionaria socialista pero no prosoviética (fundamentalmente los sindicatos casuistas) y, finalmente, una corriente
“pequeñoburguesa autoritaria” aliada a los comunistas y que es la que ter minó triunfando (19). Los simpatizantes del
peronismo en Cuba, nacionalistas democráticos o socialistas nacionales, acabaron exiliados (Pardo Liada, muchos
ortodoxos) o presos (Salvador David, numerosos dirigentes sindicales) y el dilema parece ser, hasta hace poco,
“democracia” pro yanqui o prosovietismo casuista.
El definitivo tránsito de la ex URSS al bloque imperialista occidental; su abandono de Cuba, ahora aislada y
contando sólo con una eventual ayuda de los Pueblos latinoamericanos, replantea la cuestión y obliga al castrismo a
basarse en sus propias fuerzas, en un nacionalismo tan lejano de yanquis como de soviéticos.

¿Podrá volver el castrismo
a un tercerismo revolucionario como el de su etapa inicial? La Historia, en tanto y cuanto creación libre de los Pueblos
lo dirá y, de ser así, Cuba será una trinchera más en el nuevo combate emancipador de los Pueblos de América Latina,
con banderas nacionales y sociales, tan anticapitalistas como antimarxistas.
NOTAS
(1) Revista Patria Obrera, 15-VI-1990.
(2) Fidel y el Che, José Pardo Liada, Plaza & Janes, Madrid, 1988, pág. 105.
(3) Pardo Liada publicó diversos textos para ATLAS en 1953.
(4) Carlos Franqui, Retrato de Familia con Fidel, Seix Barral. Barcelona, 1981, pág. 314.
(5) Cristian Buchmcker, Nacionalismo y Peronismo, Ed. Sudamericana, Buenos Aires 1987, pág. 318.
(6) Discurso a la Confederación Argentina de Intelectuales, publicado en “Hechos e Ideas”, agosto de 1950.
(7) Libro Negro de la Segunda Tiranía, 1958, pág. 233.
(8) Germán Sánchez Otero, en Los partidos políticos burgueses en Cuba neocolonial 1899-1952, Editorial de Ciencias
Sociales, 1985, pág. 203.
(9) Francisco López Segrera, ibid., pág. 112.
(10) Fabio Grobart, “El Movimiento Obrero cubano de 1925 a 1932”, en Revista de la Uni versidad de Oriente, Cuba, 5,
1971, pág. 59.
(11) Germán Sánchez Otero, op. cit., pág. 148.
(12) K.S. Karol, Los guerrilleros en el Poder, Seix Barral, Barcelona, 1972, pág. 139.
(13) Antonio Cañero, Desde que grité ¡Viva Perón!, pequé, Buenos Aires, 1983, pág. 40.
(14) Pardo Liada, op. cit., págs. 44-45.
(15) Los partidos políticos burgueses…, pág. 258.
(16) Eduardo “Eddy” Chibas era el fundador del Partido Ortodoxo.
(17) Mario Llenera, La revolución insospechada: origen y desarrollo del castrismo, EU-DEBA, Buenos Aires, 1981, págs.
118-119.
(18) Para toda la correspondencia con ATLAS, ver CGT y ATLAS, Manuel Urriza, Ed. Legasa, Buenos Aires, 1988.
(19) Carlos Franqui, op. cit.

Fuente:

http://www.patriasindicalista.es/ateneoazul/ps_textos/juan_domingo_peron_rev_cubana.pdf

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Una respuesta a Perón y la revolución cubana

  1. Hola, di por casualidad con este articulo. Me gustaría saber si el trabajo mas avanzado ya esta terminado y como conseguirlo. Gracias y muy bueno!

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