La legitimación del etnocidio – Carlos Caballero Jurado

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De Fukuyama a Huntington
o la legitimación del etnocidio

[Carlos Caballero]


En un cómico alarde de triunfalismo, Francis Fukuyama se atrevió a asegurar que esa victoria significaba, ni más ni menos, que el “final de la Historia”. El artículo que hizo famosa su tesis aún contenía una dosis de duda, expresada en forma de signos de interrogación (“¿El Final de la Historia?”, The National Interest, verano de 1989). Sin embargo, algunos meses después Fukuyama suprimía los interrogantes y lo daba por un hecho consumado e irreversible: su libro The End of History and the last man aparecía en 1992 (1). Visto desde la perspectiva que nos dan un puñado de años, resulta patético que tan pobre argumentación como la sostenida por Fukuyama (tanto en su famoso artículo como en el libro) dieran lugar a tanto revuelo: debates, seminarios, numerosísimos artículos de prensa, etc. El paso de sólo unos pocos años ha arrinconado las tesis de Fukuyama en el basurero intelectual de nuestra Historia Contemporánea.

Lo único que a mí me llamó la atención de la figura de Fukuyama y de sus tesis es que nadie parecía prestar ni el más mínimo interés a la más que reveladora biografía del personaje. Sí, se nos dijo que pertenecía a la Oficina de Planificación Política del Departamento de Estado norteamericano. Ya era un dato elocuente, porque nos daba el perfil de nuestro personaje como un “intelectual a sueldo” y no de cualquier institución académica, sino del todopoderoso Departamento de Estado de la mayor superpotencia mundial. No cabía imaginar que estas tesis surgieran “porque sí”, como fruto de una elaboración intelectual autónoma, sino dentro de un contexto de búsqueda de argumentaciones legitimadoras, elaboradas específicamente para servir a los objetivos de la potencia hegemónica mundial, los EE.UU.

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LA RAND CORPORATION

Pero antes de trabajar para el Departamento de Estado, Fukuyama había sido un “analista” en la plantilla de la Rand Corporation. Y después del renombre que le dio su artículo volvió a la Rand Corporation como “asesor residente”. ¿Qué es esta organización? La Rand Corporation, pese a que su nombre pueda sugerirnos que es una empresa industrial o comercial, “fue creada en 1946 por las Fuerzas Aéreas de los EE.UU. para dar continuidad a la colaboración entre científicos universitarios y jefes militares, iniciada durante la Segunda Guerra Mundial” (2).

Durante sus primeros años de andadura la Rand Corporation se centró en la realización de estudios típicamente “ingenieriles”, es decir, estudios sobre la viabilidad práctica y los costes de producción de complicados artilugios aero-espaciales y armamentos termonucleares que a la sazón eran la obsesión de los estrategas norteamericanos, apasionados por la “high-tech”. Pero desde principios de los años 60 “la Rand se encargó de aplicar sus conocimientos en materia de análisis de sistemas al estudio de la contrainsurgencia y la guerra limitada” (3). A partir de entonces la Rand ha ido evolucionando hasta transformarse en un genuino brain trust con especialistas dedicados a todos los ámbitos de la Defensa, incluyendo en sus plantillas a sociólogos, antropólogos, historiadores y —por lo que se ve— hasta aprendices de filósofo. Entre las obras publicadas por la Rand uno puede encontrarse desde un manual de antropología cultural a un estudio histórico sobre las causas de la derrota de la Wehrmacht en Rusia, pasando por un análisis de costes de producción en sistemas de radares. Y también el libro El Final de la Historia que, como ingenuamente reconoce Fukuyama en el capítulo de “Agradecimientos”, fue posible gracias al apoyo prestado por la Rand Corporation. Tan sugestivo organismo es financiado por órganos estatales norteamericanos (por ejemplo, las Fuerzas Aéreas) y por las grandes empresas norteamericanas. La Rand Corporation no es un caso aislado. Decenas de instituciones similares, vinculadas en muchos casos a prestigiosas Universidades, trabajan en multiplicidad de áreas al servicio de los intereses del “complejo militar-industrial” norteamericano. Y aprovecho la ocasión para señalar y recordar que la expresión de “complejo militar-industrial” no se debe a ningún visionario marxista del Tercer Mundo, ni a ningún propagandista a sueldo del Kremlin, sino al mismísimo Dwight Ike Eisenhower, ex-Comandante en Jefe de las Fuerzas Aliadas en Europa Occidental durante la Segunda Guerra Mundial y ex-Presidente de los Estados Unidos de Norteamérica.

En opinión de Michael T. Klare, la Rand Corporation y la miríada de instituciones afines que existen en EE.UU. son una rama más de su poderío militar: “este cuerpo de personal científico y técnico sin uniforme militar forma el Cuarto Ejército de la nación”.

Teniendo en cuenta esta biografía intelectual, resulta sorprendente que alguien se tomara en serio los dislates de Fukuyama. Eran lo que eran: ideología elaborada a las órdenes del Pentágono y de las más potentes Empresas Transnacionales de capital norteamericano. Además, el final de la historia había sido ya anunciado por mentes bastante más preclaras que las de Fukuyama, incluyendo las de Hegel y Marx, sin que hasta ahora la Historia haya hecho el menor esfuerzo por cumplir tan brillantes vaticinios. En realidad, la obsesión por alcanzar el final de la Historia es una constante desde que la tradición judeo-cristiana impuso en Occidente su visión lineal y teleológica de la Historia.

Las tesis de Fukuyama cayeron rápidamente en un justo olvido. Pero lo más revelador es que quienes primero apoyaron este nuevo paradigma perdieron muy pronto interés por él. Resumiéndolo en su forma mínima, el argumento de Fukuyama era que la victoria de la democracia liberal y el capitalismo era ya un hecho incuestionable e irreversible. Los conflictos que el mundo pudiera seguir contemplando en los años venideros ya no serían más que patéticas escaramuzas entre las fuerzas que encarnaban antiguos valores, en fase de descomposición, y la imparable fuerza que encarnaba la posthistoria.

Era un planteamiento netamente “desmovilizador”. Cualquier estudioso aficionado de estrategia sabe que hay dos formas absolutamente seguras de perder en una guerra: darla por perdida de antemano y darla por ganada de antemano.

Si la victoria ya se había producido, si su consolidación era absolutamente inevitable, ¿para qué mantener en pie el gigantesco complejo militar-industrial norteamericano? Ahora que ya hemos vencido —podrían pensar los norteamericanos de a pie— sólo nos queda como tarea importante en este mundo encontrar un rato para jugar al golf o sentarnos con una montaña de botes de cerveza ante una transmisión televisiva de la NBA.

Las ideas de Fukuyama se convertían así en objetivamente peligrosas para mantener movilizado y en tensión el cuerpo de la sociedad norteamericana. Hacía falta un nuevo paradigma. Y aquí entra en escena Samuel P. Huntington. este intelectual es el Director del Instituto John M. Olín. Un dato en absoluto irrelevante al respecto es que la Conferencia que inspiró el tristemente famoso artículo ¿El fin de la historia? de Fukuyama fue pronunciada precisamente en este Instituto Olín. Dicho de otra manera, el Instituto Olín forma parte del complejo entramado de instituciones académicas o para-académicas al servicio directo del complejo militar-industrial norteamericano.

CIVILIZACIÓN COMO PODER

Las tesis de Huntington son relativamente bien conocidas y se resumen en la afirmación de que el próximo siglo XXI será el del “choque entre civilizaciones”. Huntington diseña un mundo compuesto por ocho grandes civilizaciones, a saber, la occidental o euro-norteamericana, la europeo-oriental o eslava, la islámica, la confuciana, la budista, la japonesa, la latinoamericana y la africana. Estas ocho grandes civilizaciones actuarían a manera de gigantescas “placas tectónicas” que chocaran entre sí, dando lugar a una serie de conflictos que constituirían la esencia del próximo siglo.

A la teoría del señor Huntington se le podrían oponer un sinfín de consideraciones. Para empezar, las civilizaciones en que divide a la Humanidad son bastante caprichosas y resultan más inteligibles para un conocedor de los objetivos estratégicos norteamericanos que para un sesudo especialista en Historia de las Culturas. Por ejemplo, llama la atención que se individualice como una de las grandes ocho civilizaciones del mundo a la japonesa, rechazando el incluirla en la confuciana o en la budista, lo que sería mucho más lógico desde el punto de vista de la Historia Cultural. La razón para esto no es otra que la percepción de Japón como gran amenaza para los EE.UU. En un artículo titulado “Los nuevos intereses estratégicos de EE.UU.” (4), Huntington escribía que uno de los objetivos primordiales de los EE.UU. era “mantener a EE.UU. como primera potencia mundial, lo que en la próxima década significa hacer frente al desafío económico japonés (…) EE.UU. está obsesionado con Japón por las mismas razones que una vez estuvo obsesionado con la Unión Soviética: ve a aquel país como una gran amenaza para su primacía en un campo crucial del poder (…) La preocupación ya no es la vulnerabilidad de los misiles, sino la vulnerabilidad de los semiconductores (…) Los estudios se centran en cifras comparativas de EE.UU. y Japón en crecimiento económico, productividad, exportaciones de alta tecnología, ahorro, inversiones, patentes, investigación y desarrollo. Aquí es donde reside la amenaza al predominio norteamericano y donde sus gentes lo perciben”.

Sólo a partir de esta percepción estratégica del peligro japonés cabe individualizar a Japón como una cultura individual entre las ocho grandes civilizaciones del mundo.

Pero lo realmente importante es otra cosa. Es la respuesta a la pregunta: ¿Qué quiere justificar Huntington con su teoría? No hace falta ser un genio para intuirlo. La hegemonía norteamericana a nivel planetario no va a dejar de ser contestada en múltiples rincones del mundo. Aunque los europeos occidentales se hayan conformado con convertirse en un apéndice transatlántico del american way of life y se encuentren sumamente a gusto en su papel de “compañeros de viaje” de Washington, no parece creíble que el resto del mundo vaya a seguir esa senda. Por mucho que el rock se escuche en Beijing y en Maputo, por mucho que el sueño de un niño de Rabat o de Yakarta sea ir a Disneyworld, no dejan de existir las contradicciones más sangrantes en el orden político y económico mundial. Un orden diseñado y mantenido para beneficiar a los EE.UU. y sus protegidos de Europa Occidental.

Conflictos van a surgir y eso es inevitable. ¿Cómo justificar la continua intervención del poderío político, económico y militar de los Estados Unidos para mantener el statu quo? El Imperio del Mal con sede moscovita se ha hundido y ya no cabe atribuir al oro de Moscú las “amenazas” que surgían en Nicaragua, en Somalia o en Indonesia. Hay que ofrecer una nueva explicación que tenga el suficiente empaque ideológico para el mantenimiento de las mayores Fuerzas Armadas del mundo, alimentadas por una industria de estructura totalmente belicista, sobre las que se basa todo el tejido social norteamericano. Y no hay explicación mejor que la de Huntington. Las civilizaciones están ahí, van a chocar inevitablemente, y debemos estar preparados para ello, sostiene Huntington. Podemos lamentarlo —argüirán Huntington y sus secuaces— pero ello no evitará que las grandes culturas estén condenadas a enfrentarse. Y en todo enfrentamiento debe haber un vencedor. Nos podemos imaginar cual desearía Huntington que fuese.

Uno se pregunta porqué extraña razón el pensamiento estratégico norteamericano no había caído hasta ahora en la cuenta de la existencia de grandes conjuntos culturales, de grandes civilizaciones, en la vida de la Humanidad. La existencia del sandinismo o el conflicto árabe-israelita podrían haber sido explicados de manera satisfactoria con este paradigma desde hace varios decenios. Pero entonces hubiera sido poco conveniente. Si en el fedayin palestino sólo se hubiera visto a un enemigo de los sionistas, el público norteamericano podría haberse dado por no concernido; era mucho más rentable políticamente presentarlo como un pelele de Moscú. Lo mismo cabe decir del guerrillero sandinista o del iraní Dr. Mossadegh.

Pero Moscú ya no sirve de excusa. El comunismo ya no es creíble como amenaza porque salvo cuatro nostálgicos irreconvertibles nadie con dos dedos de frente se atrevería a reivindicar el comunismo soviético. Debe dibujarse una nueva amenaza, un nuevo peligro, en este caso la inevitabilidad de un choque a nivel planetario entre grandes civilizaciones, en el que Occidente (el Occidente del Monoteísmo del Mercado) debe vencer, porque de lo contrario será aplastado.

El nuevo paradigma de Huntington, en resumen, cumple un papel fácilmente identificable en la estrategia norteamericana por mantenerse en la situación hegemónica mundial de la que disfruta.

Bajo este paradigma “culturalista” se esconde, apenas agazapado, el objetivo sempiterno de la política exterior norteamericana: mantener la hegemonía económica de los EE.UU. Veamos un ejemplo: en una de las últimas entrevistas concedidas por Huntington a la prensa española, el titular, muy elocuente, decía: “La amenaza viene de China”. Este es un fragmento:

“—¿Cuál es la principal amenaza del siglo XXI?

—El mayor peligro de desestabilización se encuentra en Asia. La amenaza viene de China, que es cada vez más agresiva. Su política causa gran preocupación entre las naciones vecinas. No hay que perder de vista sus movimientos militares en el mar del Sur de la China.

—¿De dónde le viene esa agresividad?

—China es el país más poblado del mundo y, en volumen económico, se sitúa en el tercer puesto, pero en el año 2000 su economía habrá avanzado al segundo lugar del mundo. Históricamente ha tenido una enorme influencia en el sureste asiático pero, desde mediados del siglo pasado, se ha visto humillada por Occidente. Es natural que ahora trate de recuperar el poderío y la influencia que tuvo durante milenios” (5).

En este fragmento queda bien de manifiesto que no se trata de que la cultura china amenace a la occidental (ni a la islámica, ni a la latinoamericana…), sino que el interés de China por ocupar un lugar en el escenario internacional acorde a su peso demográfico, a su pasado histórico y a su potencial económico constituye una amenaza a los intereses económico-estratégicos de los EE.UU. No hay un choque de civilizaciones, sino un choque de intereses. Pero desde que el mundo es mundo los choques de intereses suelen ser camuflados bajo hermosos discursos ideológicos. Y desde que el mundo de la Ilustración empezó a formular una serie de Leyes universales que regían los distintos aspectos de la vida y de la historia, estas leyes se han convertido en poderosos argumentos justificatorios. La pobreza y la miseria de las masas no eran fruto de injusticias económicas corregibles, ya que la economía se regía por Leyes Económicas objetivas y de no ser observadas éstas, el mundo económico iría hacia el Caos. Tratar de subvertir el capitalismo era ir contra las leyes económicas fundamentales.

De la misma manera, las leyes biológicas de Darwin fueron utilizadas para justificar y sancionar con el prestigio de “lo científico” la victoria de ciertas clases sociales o ciertos grupos étnicos, ya que en la “lucha por la vida”, sólo podían vencer “los más aptos” y esto no sólo era inevitable, sino bueno, ya que contribuía al progreso de las especies. Se podía lamentar, sí, pero eso no impedía que fueran leyes inexorables. El nuevo paradigma de Huntington se coloca en esa misma perspectiva. La lucha entre civilizaciones es un hecho insoslayable. Debemos prepararnos para él y combatir esa guerra, para ganarla. Con la división de civilizaciones adoptada por Huntington, Europa Occidental debe agregar su poder al de los Estados Unidos. No olvidemos que —pese a ser la potencia hegemónica mundial— el poder relativo de los EE.UU. en el escenario internacional no deja de decrecer, conforme otras regiones del mundo se modernizan económica y tecnológicamente. Hoy los EE.UU. sólo pueden imponerse a nivel mundial recurriendo al concurso de los europeo-occidentales. Por esa razón, Huntington, que ha individualizado como una de las grandes culturas del mundo a la de un diminuto país (Japón), se niega a introducir ninguna distinción entre la cultura norteamericana y la europea-occidental: desea embarcarnos en su misma nave, nave cuyo puente de mando se situará indudablemente en Washington.

EXTIRPAR LA DIVERSIDAD

Pero el paradigma de Huntington tiene otra lectura, aún más inquietante. Las grandes civilizaciones han existido, desde siempre, en la Historia. Y su relación ha sido a menudo de enfrentamiento y lucha. En otras ocasiones, sin embargo, ha existido la colaboración, la intercomunicación, el mutuo enriquecimiento gracias al intercambio de ideas, conocimientos y productos. Recordemos, por ejemplo, lo que para el ámbito euro-asiático supuso la fascinante historia de la Ruta de la Seda. A través de ella llegó el budismo desde la India hasta China; y el papel, la seda, la pólvora y los spaghetis, viajaron desde China hasta Occidente, y así sucesivamente. En la Historia las grandes culturas han existido desde siempre, pero su relación no ha sido siempre de enfrentamiento frontal, sino todo lo contrario.

La teoría de Huntington, sin embargo, prima las relaciones de conflicto entre culturas. Y no es casual. Uno de los rasgos más definitorios de la Modernidad es el odio a la diversidad cultural. Para la Modernidad sólo puede existir una Cultura, la suya propia. La Modernidad es etnocida por definición y sustancia. El primer país europeo en acceder a la modernidad ideológica, la Francia de la Revolución, tuvo como primer objetivo político extirpar todas las diferencias culturales que existían en el antiguo Reino de Francia. La persistencia de una identidad étnica diferenciada en bretones, saboyanos, alsacianos, provenzales o flamencos era un insulto a Las Luces y no es casualidad que el grupo más “avanzado” de los revolucionarios, los jacobinos, fueran los impulsores de una brutal política de centralización y uniformización.

Hoy vivimos en la “aldea global”. El mundo se ha empequeñecido hasta extremos increíbles por obra y gracia del progreso tecnológico y económico. Se ha hecho demasiado pequeño para que en el subsistan distintas culturas diferenciadas. Y de la misma manera que la Francia Jacobina ejecutó el etnocidio sistemático de las distintas culturas étnicas diferenciadas de la específicamente francesa que habían existido en el Reino de Francia, hoy los Estados Unidos se están lanzando a una lucha titánica para laminar y destruir las grandes culturas que aún subsisten en nuestro planeta. Como nuevos jacobinos a escala planetaria, su objetivo —ya formalmente declarado y asumido— no es otro que el de extirpar de la superficie del planeta todo vestigio de diversidad cultural. Este es el aspecto más siniestro de las tesis de Huntington. De la misma manera que las Leyes del Mercado justificaban la pobreza o las Leyes Biológicas de Darwin fueron utilizadas para justificar el Imperialismo, el nuevo paradigma de Huntington sobre el “choque de civilizaciones” no es sino la legitimación y justificación del Etnocidio a escala universal.

Notas

(1) Inmediatamente traducido al castellano: El fin de la Historia y el Ultimo Hombre, Planeta, Barcelona, 1992.

(2) T. KLARE, Michael: La Guerra Sin Fin, Noguer, Barcelona, 1974. Ver p. 82 y ss.

(3) Klare, op. cit.

(4) Ver Claves, nº 14, julio-agosto de 1990, pp. 20-33.

(5) El País, 24 de mayo de 1995, p. 12.

[Artículo extraído de la revista “Hespérides”, 8, noviembre de 1995]

Fuente:

http://usuarios.multimania.es/TABULARIUM/archivo10.html

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