Ramiro Ledesma frente a la Iglesia

Que Ramiro Ledesma es un personaje incómodo para la extrema derecha fascistizada es cosa bien sabida. Los derechistas, que interpretaron somera, miope y torpemente el fascismo como un eficaz método de represión violenta del marxismo, se topan con una figura que escapa de cualquier modelo a seguir por el pensamiento burgués de corte reaccionario. Uno de los aspectos que hacen del revolucionario sayagués un enfant terrible para este sector es su relación con la Iglesia católica. Dediquemos unas breves líneas referidas a esta cuestión para, en la medida de lo posible, clarificar algunos aspectos.
Poco o nada podemos aludir al sentimiento religioso de Ramiro Ledesma, fundamentalmente porque él mismo se cuidó de borrar todo rastro de huella personal en su obra (literaria, filosófica y política). Más allá de, según ciertas fuentes, ser monaguillo en Torrefrades, no se le conoce vinculación alguna a la Iglesia. Volveremos sobre la cuestión personal al final del escrito, cuando abordemos el momento de su muerte.
Ledesma contempla a la Iglesia católica como una institución más que no debe permanecer ajena al Estado, sino subordinarse por completo a éste. Entronca esta idea con el panestatismo hegeliano que el fundador del nacional-sindicalismo abraza con fervor. Ramiro afirma exclamativo que no puede existir “¡Nada sobre el Estado! Por tanto, ni la Iglesia, por muy católica y romana que sea.” (1) Es ésta la primera referencia clara a una aconfesionalidad rayando el laicismo que, a su modo de ver, ha de predominar en la táctica nacional-sindicalista para alcanzar el Nuevo Estado. En el número 15 de La Conquista del Estado, Ramiro reitera la supremacía absoluta del Estado y tacha de “execrable” el comportamiento de la Iglesia, a la que acusa de haber sido “muchos años sostenedora y amparadora de todos los abusos y de todos los crímenes contra la prosperidad y la pujanza del pueblo español”, concluyendo con una apelación al “ataque de frente a la Iglesia, si es necesario” (2). Se observa ya con una nitidez incontestable el tono violento con el que el nacional-sindicalismo tiene que tratar a toda institución burguesa, sin ser exceptuada ninguna, por resultar nocivas para el desarrollo de una doctrina y políticas novísimas, incompatibles con el mantenimiento del status quo de agentes caducos y a menudo, como señala Ledesma para el caso de la Iglesia, cargados con el peso de ser culpables del deshonor de la Patria. Durante el período de publicación de la revista JONS se produce un mutismo bastante notorio en relación a las manifestaciones sobre la cuestión religiosa, siendo achacable este hecho al acercamiento y posterior fusión con Falange Española, cuyo ideario, mucho más tibio, enlazaba con un catolicismo intrínseco -comenzando por el del jefe- difícil de compaginar con las declaraciones anticlericales de La Conquista del Estado. No es hasta la publicación del Discurso a las Juventudes de España cuando vuelve y con bastante fuerza, a posarse el dedo acusador de Ramiro sobre la Iglesia. Tras asumir que la religión católica tiene una innegable significación histórica en el caminar de España desde su nacimiento, se apela a que los españoles dejen en la intimidad de su hogar sus preocupaciones metafísicas y se pide “fe y credo nacional, eficacia social para todo el pueblo”, puesto que “la revolución nacional es empresa a realizar como españoles y la vida católica es cosa a cumplir como hombres”. Después de dejar patente que ambos ámbitos, religión y patriotismo, pertenecen a dimensiones totalmente diferentes, Ledesma lanza la que tal vez sea su más célebre crítica a la institución católica: “Hay muchas sospechas -y más que sospechas- de que el patriotismo al calor de las Iglesias se adultera, debilita y carcome. El yugo y las saetas, como emblema de lucha, sustituyen con ventaja a la cruz para presidir las jornadas de la revolución nacional”. (3) La última llamada publicada a la independencia que debe existir entre la idea nacional y la idea religiosa la realiza el zamorano en las páginas del semanario Nuestra Revolución, pocos días antes del golpe de estado del general Franco, en donde insta a “defender la espiritualidad católica […] a cuerpo libre”, sin apelar a un sentimiento patriótico que poco o nada tiene que ver con la religiosidad individual. (4)

 

Ledesma Ramos es hecho preso el 1 de agosto. Comparte cautiverio con el padre Villares, de quien nos llega el testimonio asegurando que Ramiro, durante su estancia en la cárcel, “no estaba obsesionado más que por el pensamiento religioso”. Al parecer, tras largas charlas con el sacerdote, el joven quedó “convencido” y acudió presto a confesarse con el padre José Ignacio Marín, quien también se encontraba privado de libertad en la prisión de Ventas. (5) Cuesta creer que el “estoico” -en palabras del propio Villares- y nietzscheano revolucionario abrazara la fe católica de manera tan contundente e inmediata durante los últimos días de su vida; pensaremos, pues, en una mentira piadosa del cura para salvar no tanto el alma de Ramiro como su imagen de cara al gobierno franquista, cuyos caídos habían de haberlo sido no sólo por la Patria sino también por Dios, de quien el mismo Ledesma dijo, casi vaticinando lo que acaecería tras la guerra, que “está en todas partes y ya se iba haciendo algo molesto”.
Ramiro Ledesma fue, es y será una figura irritante para todos los que se niegan a aceptar que la religión ha de circunscribirse al ámbito privado de las personas y que ya nada tiene que decir a la hora de marcar los pasos de la Patria. Fue molesto durante el franquismo, período en el que fue escandalosamente silenciado y donde el cardenal Gomá exigió la retirada de su Discurso a las Juventudes de España. El Padre Teodoro Toni, censor y colaborador de Gomá, expresó que debía “quemarse o, por lo menos, no tolerarse su reproducción de ninguna forma para no desunir a los buenos”. (6) Es molesto a día de hoy para aquellos que aún hoy -siglo XXI, amigos- se aferran a la idea de una España unida de manera indisociable al catolicismo y será molesto para todos aquellos que no comprendan que sus creencias religiosas no pueden regir la vida pública. Célebre es el dicho que dice que los españoles siempre andamos tras de los curas, bien con un cirio o bien con una estaca. Ramiro imaginó un Estado en el que los cirios adornaban las iglesias y las estacas repartían la tierra entre quienes la labraban. Sírvanos a los jóvenes el ejemplo formidable de este agnóstico combativo para saber trazar la ruta, iniciada el siglo pasado, que nos lleve a las horas culminantes de la Historia en pos de una Patria liberada y vigorosa, cargada de sentimiento social y nacional.
Notas
(1) LCdE, nº 10, 16-V-1931
(2) LCdE, nº 15, 20-VI-1931
(3) Discurso a las Juventudes de España
(4) Nuestra Revolución, nº 1, 11-VII-1936
(5) Ramiro Ledesma Ramos, Tomás Borrás
(6) ¿Fascismo o Estado Católico? José Andrés-Gallego
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