José Luis Ontiveros: Caída de la tiranía globalitaria

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José Luis Ontiveros (1954-2015)

Caída de la tiranía globalitaria

http://www.vertigopolitico.com/articulo/13920/Caida-de-la-tirania-globalitaria

por José Luis Ontiveros (31.5.2013)

Uno de los problemas fundamentales del demoliberalismo en su etapa globalitaria consiste en la duda sobre su legitimidad de origen y la petrificación del pensamiento político en paradigmas disfuncionales y viciados del siglo XVIII, de la Ilustración y del iluminismo.

El profesor hebreo J. L. Talmon, en Los orígenes de la democracia totalitaria, hace ya referencia a la incompatibilidad del respeto a las leyes con el poder de una hegemonía abstracta representada por la tiranía de parlamentarismo, que se arroga la voluntad general de la sociedad, en detrimento de la libertad concreta de cada ciudadano.

Es la oposición entre el orden legal y las maquinaciones sombrías de un poder incontrolable, encubierto por una pretendida voluntad inorgánica e invertebrada a la que se le da el nombre de “soberanía popular”, cuando en realidad corresponde a una minoría astuta y mentirosa que se constituye en la “clase política” que se encumbra como un poder parásito sobre el conjunto de las fuerzas reales de la sociedad. Los peores se hacen del poder.

Resulta ya muy preocupante que el imaginario político se haya fosilizado en los principios del tercer Estado y que estos se consagren como la religión universalista laica, proclamándose a sí mismos como “inmortales”  por una estructura dogmática que se refiere a temas como la libertad y la democracia, vueltos ya principios metafísicos e indiscutibles, en cuanto se transforman en la base de la dominación mundialista de la civilización occidental: misma que hace del sentido burgués de la vida, en su concepción materialista (Werner Sombart), el resultado fatal de la historia y a las que las diferentes civilizaciones anteriores tienen que desembocar.

Entropía

Ello arrebata a los pueblos su autodeterminación y plantea la necesidad de destruir el demoliberalismo como fundamento mismo de la liberación política y del ejercicio de una genuina disidencia; esto es, rechazar la pretendida “superioridad” del desorden demoliberal y considerar que su fondo mismo es la imposición unidimensional del materialismo burgués como pensamiento único y organización totalitaria negadora de un verdadero pluralismo político.

Los últimos acontecimientos geopolíticos y en la vida interna de la americanósfera —como máxima expresión de la tiranía globalitaria demoliberal—, cuya inspiración reside en la concepción bíblica del pueblo elegido y de la tierra prometida, que se transforman en un mesianismo depredador y racista, manifiestan inocultable su raíz totalitaria y liberticida.

La Siria del presidente Bashar al-Assad ha hecho valer su derecho inalienable a la independencia del poder totalitario, mediante la alianza estratégica con Rusia, que ha dado por resultado un sistema de defensa misílístico que, de hecho, rompe con las determinaciones genocidas aplicadas en la Libia del mártir Kadafi y da a al-Assad un aura propia del líder egipcio Gamal Abbel Nasser y su Revolución Nacional.

Por otra parte, el tenebroso y oscuro presidente Barack Obama, con sus asesinatos extrajudiciales, la base concentracionaria en Guantánamo, la complicidad impresentable de su fiscal general, Eric Holder, último responsable con Obama de la criminal operación del trasiego de armas con destino a bandas mexicanas, a lo que se unen las intercepciones telefónicas y espionaje a la agencia de noticias AP y el uso terrorista del aparato fiscal contra grupos políticos opositores, perfilan un escenario de medios totalitarios y variados delitos.

El demoliberalismo totalitario ha entrado en la entropía de su propia caída.

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Una respuesta a José Luis Ontiveros: Caída de la tiranía globalitaria

  1. Adversario dijo:

    José Luis Ontiveros:

    “La crítica al fascismo es uno de los hábitos más imbéciles y rutinarios de nuestros contemporáneos, al punto que una izquierda declinante, reciclada en visiones ginecocráticas -feminismo de las ménades posmodernas-, o restringida a un credo humanitario, –todos somos iguales, unos más que otros–, o derivada al colapsado progreso, –no hay mejor credencial que decirse progresista, aunque no se entienda bien qué se espera de un progreso exterminacionista y ecocida–, o atrincherada en el sentido de la historia, –cuando ésta ha demostrado a la saciedad que carece de finalidad y que su tensión es la aventura y el conflicto–, o arrellanada en la lucha puramente reactiva contra el neoliberalismo, –paradoja insostenible, puesto que para Marx el capitalismo y su consolidación son una condición indispensable para la “liberación” de la masa de los esclavos proletarios, de los parias de la tierra, de los desheredados del mundo, concepción cuyo origen radica más en la tradición rabínica del profetismo judío, que en el presunto cientificismo marxista, derivación del positivismo burgués–, estima esta desventurada izquierda de calzador que el mayor enemigo sigue siendo el fascismo, y peor aún, un indefinido neofascismo que acecharía, pese a que no exista o sea virtual, al siglo XXI, para cobrarse la derrota sufrida en el vigesémico.

    De ahí que no haya mejor práctica para la moribunda izquierda, derretida por la mantequilla del consumo, que luchar contra el fantasma que recorre el mundo, y éste es el fascismo, al contrario de lo que afirmara el Manifiesto comunista, lo que demuestra que el paso romano es con todos los anatemas que soporta, el mejor paso, el de los vencedores por el Espíritu y el de los señores de la virtus romana y de la Alemania Nibelunga.

    Esta crítica se ha convertido en un lugar común y en una forma de dicterio, si alguien en el futbol orina a sus cofrades que ven saltar la bolita es “fascista”, si los antimotines “democráticos” emplean sus toletes de manera indiscriminada son “fascistas”, si se expulsa a alguien por motivos de conciencia, se incurre en el “fascismo”, si una señora gorda pisa a un mongoloide distraido, la salvaje rubicunda es “fascista”, y el colmo, si el subnormal Bush, máximo exponente del Sanedrín, de la Kahal y de la Cábala consuma su genocidio contra el Islam es “fascista”. De alguna forma, como señalara con ironía el escritor rumano Vintila Horia ser fascista es algo así como una tautología: lo peor de lo pésimo. Lo que no deja de ser, pese a sus censores moralistas, el irresistible atractivo del derecho a lo abominable.

    Esta forma de descalificación ontológica es patrimonio de la civilización democrática-burguesa, por ello el fascismo es una palabra bumerang, que regresa a quien la lanza, y forma parte del repertorio de vituperios de la academia intelectual de los eunucos. Por ello es importante revisar en verdad y con un genuino sentido crítico lo que el fascismo tiene de rescatable, que lo es más en sus intenciones y propósitos, que en sus plasmaciones históricas diversas y discutibles.”

    (…)

    en http://www.juliusevola.it/risorse/template.asp?cod=293&cat=ART&page=8

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