Manuel Hedilla, el mito y la realidad

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Manuel Hedilla, el mito y la realidad

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En sus últimos años se le erigió como modelo de la resistencia de Falange al franquismo

por FERNANDO GARCÍA DE CORTÁZAR

Cuando le llegó la muerte, en 1970, Manuel Hedilla, sucesor de José Antonio al frente de Falange, encarnaba el mito de la autenticidad nacionalsindicalista. El verdadero falangismo, construido en la intemperie previa a la guerra civil, había sufrido el peor de los destinos: ser justificación ideológica del poder sin conseguir inspirar sus acciones políticas.

El espíritu español y revolucionario de Falange, defensor de la justicia social, el que promovía la regeneración de España como unidad de destino en lo universal; la bandera izada en octubre de 1933 frente a la falta de patriotismo de una burguesía abúlica y la humillación de unas clases trabajadoras desnacionalizadas; todo ello había quedado reducido a la pura nostalgia de una «revolución pendiente». Era a la que habían llamado Ramiro Ledesma y José Antonio Primo de Rivera, al entender que el nacionalsindicalismo impulsaba la plenitud de la realización nacional. Esa «revolución pendiente» había sido la exigencia de los falangistas que se enfrentaron a la desnaturalización de sus principios y a la identificación de sus ideales con la práctica de la dictadura franquista.

Nunca puede construirse una leyenda sin ingredientes de verdad. A medida que, en los años sesenta, el régimen se abrazaba a la modernización social y económica de los planes de desarrollo, los incorruptibles del falangismo eran tachados de aguafiestas que amargaban el banquete de la prosperidad estimulada por el discurso de los tecnócratas. En un número creciente de actos, con presencia de altas jerarquías del régimen, la irritación falangista escenificó la manipulación del legado joseantoniano, reducido a mero ornamento o símbolo cautivo de un sistema cada día más alejado de los valores fundacionales del Movimiento.

Sacrificio personal

Por eso fue en aquellos últimos años de su vida, cuando a Manuel Hedilla se le erigió como modelo de una resistencia inicial de Falange al franquismo. Su sacrificio personal –condenado a muerte en 1937, encarcelado y confinado durante diez años– encarnaba la dignidad y la coherencia de quien podía haber sido altísima jerarquía del partido único, frente a la tentación poderosa del pragmatismo sin principios. Antiguos militantes y jóvenes estudiantes promovieron la resurrección de una Falange antifranquista en los años sesenta, y lograron poner indignación y frescura a la reivindicación del nacionalsindicalismo, que halló en Hedilla al hombre ejemplar. Las investigaciones de los historiadores han ido poniendo las cosas en su sitio. Si el mito se alimentaba de hechos tan ciertos como el sufrimiento de Hedilla y los conflictos entre Falange y Franco, la realidad proponía un mejor análisis, que rebajaba la exageración de una discrepancia absoluta de proyectos, de un antagonismo inicial del diseño del nuevo Estado y los propósitos del falangismo de 1936.

El drama debe explicarse por su motivo fundamental: el cautiverio y muerte de José Antonio, el Jefe Nacional indiscutido, el líder carismático, fundador y personalización plena del espíritu falangista. Su ausencia resultó desastrosa, porque eliminó la necesaria autoridad dentro un movimiento muy joven, sin tiempo para madurar su estrategia política y que, para mayor y paradójica desdicha, estaba viendo crecer su militancia hasta convertirlo en una organización de masas sin dirección. Era, precisamente, la situación inversa a la de la Falange de antes de la sublevación de 1936, en la que se ponderaba la calidad de sus cuadros dirigentes a los que faltaba, sin embargo, el apoyo del que gozaban otras fuerzas políticas. Falange, como dijo su fundador, había quedado en una «altiva intemperie» en los años en que ni sus propuestas nacionalizadoras fueron aceptadas por la izquierda, ni sus demandas de justicia social tenidas en cuenta por la derecha.

Solo las circunstancias excepcionales de 1936 rompieron los diques de contención que impedían aquella síntesis proclamada en octubre de 1933. Pero, entonces, la afluencia de tantos jóvenes quedó lastrada por la desaparición de los líderes que debieron inspirarles y protegerles del oportunismo. La angustia de José Antonio al pensar, en vísperas de su ejecución, en la sangre que podría verterse en vano, cobraba así su pleno sentido.

Crisis de dirección

La crisis de dirección del falangismo está en la raíz del mito de Hedilla. No fue el líder santanderino un hombre que se negara a llegar a acuerdos con Franco ni con el tradicionalismo. Las confesiones del círculo más próximo a la familia de Primo de Rivera, como Agustín Aznar o Sancho Dávila, le acusaron de todo lo contrario, de entregar el partido a los jefes militares. Hedilla, un hombre bondadoso en tiempos de cólera y humilde en horas de arrogancia, sabía que la salvación de Falange no dependía de la lealtad a lo que había sido antes, sino de lo que podía llegar a ser en una fase tan propicia. No se opuso, por tanto, a la unificación de abril de 1937. Trató, eso sí, de encauzarla protegiendo la hegemonía de Falange y una cierta autonomía de sus mandos más antiguos.

Aislado de buena parte de la dirección del partido, Hedilla vio debilitarse su posición frente a Franco que, astutamente, aprovechó las disensiones de los falangistas para imponer su mando absoluto, que le permitió descargar todo el rigor de la represión sobre el último Jefe Nacional de Falange. Y Hedilla fue a la cárcel, a la marginación en la España por la que había luchado desde su militancia nacionalsindicalista de 1932, mientras sus feroces críticos pasaban a disfrutar del poder alcanzado gracias a la victoria.

Hedilla se convirtió en mito no por lo que realmente sucedió en aquella Salamanca de 1937, confusa y trágica. No lo fue ni siquiera por el inmenso precio personal que pagó. Fue un mito porque aquellos ideales fundacionales del falangismo eran portadores de una idea de España generosa y abnegada. Una revolución pendiente cuyos valores patrióticos y cuya sensibilidad social a nadie pueden resultar indiferentes. Y cuya derrota, desnaturalización y envilecimiento han de constar en la comprensión de una parte esencial de nuestro siglo XX.

 

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