Rusia y España ante Europa

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Rusia y España ante Europa

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Por Antonio Moreno Ruiz

Para españoles y rusos, “Europa” es algo que parece distante. El polígrafo español Francisco Elías de Tejada (1) llega a aseverar que “Europa” no era sólo un término geográfico, sino que suponía el fin de la Cristiandad, el fin de una civilización, para dar paso abierto a una serie de rupturas que cristalizarán en las latencias de la Revolución Francesa y sus respectivas ondas expansivas; por lo cual, el mundo hispánico se configura “contra Europa”. Yo particularmente no sé si esta terminología es la más adecuada y comprensible, pero desde luego, sí comulgo con el contenido, máxime cuando españoles y rusos hemos sufrido los continuos desaires de no pocos vecinos del Viejo Continente; a franceses e ingleses les gusta mucho decir que Europa acaba en los Pirineos o en los Urales; o que más para abajo de los Pirineos es África y más allá de los Urales es Asia, y todo en un sentido peyorativo. Y la verdad es que tanto España como Rusia tienen territorio en África y Asia respectivamente, pero ni los españoles nos podemos llamar “africanos” ni los rusos se pueden llamar “asiáticos”. Es más: “Europa”, ese término que tanto comenzó a utilizarse a partir del siglo XVII, luego de la paz de Westfalia que provoca una extraña “síntesis” de fuerzas teóricamente insolubles del centro al norte de Europa y que suponen el fin de la Cristiandad con la consiguiente confirmación de la ruptura religiosa y política, como señalaba el mentado Elías de Tejada… Pues bien, si el limes del occidente no hubiera sido salvaguardado por España (y Portugal) y el de oriente por Rusia, a día de hoy ni existiría la palabra.  Porque ciertos países que presumen de ser “muy europeos” nada hicieron contra la penetración de fuerzas extraeuropeas; y de hecho, cuando se han tenido que enfrentar por derecho, han fracasado estrepitosamente.

Las Españas y las Rusias constituyen la periferia del mundo europeo, de ese mundo que en muchas ocasiones, se empeña en desconocer a sus mejores guardianes, cuando no los vilipendia alevosa y directamente. Sin España y Rusia manteniendo la cruz enhiesta frente a los inquietos y continuos invasores, no habría sido posible mantener una civilización que es la admiración del mundo entero. Porque en verdad no fue el meritorio Carlos Martel, sino la monarquía astur, la que con su esfuerzo y tesón cerró el camino de los Pirineos a unos moros poderosos y envalentonados, que encima habían llenado sus tropas con multitud de hispanos conversos (2) que, de hecho, dominaron buena parte del norte peninsular frente a la élite siria establecida en Córdoba. Fue esta obstinación de galaicos, astures, cántabros y vascones, junto con los mozárabes, esto es, los cristianos que mantuvieron su fe bajo dominio islámico, lo que pudo recrear una monarquía cristiana en el sur de Europa que soñara con recuperar lo que ellos llamaban “la España perdida”.

Asimismo, sin la conversión de Vladimiro I de Kiev, no se hubiera podido conformar toda una marca defensiva, herencia del mundo eslavo con grandes dosis vikingas, escitas, alanas, y por último, bajo la culta advocación de la Romania; no se habría forjado una potencia que se puso firme ante tártaros y mongoles.

Y de Oriente a Occidente, mientras que ciertas potencias europeas coqueteaban con los turcos (y de hecho, siguen coqueteando), éstos eran cercados por España y Rusia.

No veamos como casualidad que Estados Unidos insista en que Turquía haya de entrar en la Unión Europea, una Unión Europea de burócratas pesados e inoperantes que no rinden más cuentas que a las barras y las estrellas de Washington.

Pareciera que para nosotros se hizo el águila bicéfala, el águila del Oriente y el Occidente de Alejandro Magno que las Españas ondearon con la casa de Habsburgo y las Rusias con los Romanov.

No obstante, ¿qué fue Europa para españoles y rusos? ¿Y qué es en la actualidad?

Detengámonos en España. Año de Nuestro Señor de 1492. Granada, el último reducto musulmán ibérico, cae derrotada ante la Corona de Castilla, que la incorpora a su dominio. La Península Ibérica y sus adyacentes islas quedan libres en su solar del dominio mahometano. En ese mismo año, Cristóbal Colón, avezado marinero que ya había servido a Portugal, arriba a Guanahaní, y aun creyendo que aquello es Asia, está ante un Nuevo Continente. El Atlántico se abre ante una gran trilogía: Los puertos andaluces, las islas Canarias y el Caribe. España restablece su unidad político-religiosa y se expande hacia el Atlántico. Se han unido las coronas de Castilla y Aragón a través de sus monarcas, Isabel y Fernando. Probablemente, a la Corona de Castilla le hubiera interesado más afianzarse con Portugal, quien seguía su misma política expansiva a través del deseo de Reconquista de la Hispania Transfretana y de los viajes atlánticos, pero la unión con Aragón supuso entrar en una escena política muy diferente: El Mediterráneo y Europa. Y decimos “Europa” porque Aragón gastaba una fuerte enemistad con una Francia que, sin embargo, había tenido amistad con Castilla. Tanto el continente como el antiguo mar romano eran unos temibles avisperos que no auguraban ni paz ni estabilidad, y de buenas a primeras, soldados de toda España veían que de Granada pasaban a Nápoles. La Italia Aragonesa fue, de hecho, la afloración de bravos conquistadores indianos como Hernán Cortés y Francisco Pizarro. Con todo, muerto Fernando el Católico, y siendo que Doña Juana de Castilla era casada con Felipe el Hermoso, las Españas entraban de pleno en la política continental, puesto que Carlos de Habsburgo no era sólo Carlos I de España, sino que también era V de Alemania. Así, si bien nunca habíamos pertenecido al Sacro Imperio Romano Germánico (a excepción de la Marca Hispánica, germen de Cataluña, que estuvo bajo su protectorado durante una época), ahora nos veíamos entreverados en su política. Carlos I no empezaba con buen pie: Su desconocimiento de la Piel de Toro y su entrada arrogante con déspotas flamencos originó un terrible descontento. Las revueltas de los comuneros y los agermanats, lejos de ser “revolucionarias”, estaban impregnadas de espíritu medieval y autóctono; y si Carlos I las venció, fue porque se adaptó a su pueblo, siendo que en muchas ocasiones, ofreció armas a los campesinos para que pelearan contra los nobles que acaudillaban la rebelión. Luego promulgó una amnistía bastante generosa, y por fin se dio cuenta de dónde estaba. Fue ese rasgo de sobriedad y austeridad que el polígrafo Ramón Menéndez Pidal destacaba como intrínsecamente español lo que moldeó a la Casa de Austria y no al revés. Sin embargo, las obligaciones de esta casa real eran muchas, y pronto, en la Europa Central, la ruptura espiritual iniciada en Alemania por Lutero, y apoyada en la retaguardia franco-suiza por Calvino (el mismo que decía que el dinero era una divina predestinación), pronto devendría en una explosión que afectaría a la política imperial. Lutero hablaba del “libre examen”; sin embargo, exhortaba a los príncipes a “exterminar como a perros” (literalmente) a los campesinos que se le rebelaban. La política de las dos espadas desaparecía para dar paso a los reyes-papas, y con ello, el germen del absolutismo que luego fraguara Hobbes en Inglaterra. Y España, que ya había restablecido su unidad, que miraba a otros horizontes, dejando bien saneada la periferia sudoccidental europea, sin embargo, se veía inmersa sin comerlo ni beberlo en este inmenso campo de batalla que, a decir verdad, ni le iba ni le venía.

“Adelante mis leones de España” decía Carlos, rey español y césar romano-germánico. Y si bien intentó en determinados momentos aplicar una política de “tolerancia” en los Países Bajos, aquello se iba de las manos. Cada vez más hispanizado, se retira a Yuste, no sin darle muchas indicaciones a su hijo, Felipe II de España, un rey de madre portuguesa, y con un ardor religioso potente que acudirá en auxilio de los príncipes católicos centroeuropeos porque creía firmemente en la unidad católica, y que con los protestantes poco o nada se podía negociar. Así, intenta crear toda una geopolítica que alcance la tierra y el mar para restaurar una Cristiandad que se niega a creer que esté muerta. La mal llamada “Armada Invencible” fue un gran escollo, sin duda, aunque totalmente mitificado por unos ingleses que luego fracasarían continuamente en sus incursiones piráticas hasta contra la Península; pero como símbolo, acaso es ilustrativo. La extensión territorial que se hacía movediza en los pantanos de Flandes, y la extensión del mar que empezaba a ser asaltado por tirios y troyanos se hacían demasiado grande para un país que no contaba ni con diez millones de almas.

Sin desmerecer a Carlos I y Felipe II,  esto es, los Austrias Mayores, y a los bravísimos soldados que por su corona pelearon, a toro pasado puede pensar uno que si nos hubiéramos centrado en salvaguardar el norte de África y en la pacificación y continuidad de América, tal vez nos hubiéramos ahorrado mucho sufrimiento. Aunque esto puede ser relativo, porque Portugal no entró en la política continental y sin embargo, corrió una suerte muy pareja a la del otro lado del Guadiana. Y hablando de Portugal: El advenimiento de los Austrias Menores supuso más desgaste en el continente y, por desgracia, el aprovechamiento del descontento luso, que si bien se había sentido muy a gusto con Felipe II, no se sintió igual con Felipe III y Felipe IV. En 1640, los daños colaterales nos asaltaban no sólo en el ultramar, pues a Dios gracias se pudo derrotar a los holandeses en su intentona brasileña (mientras que sin embargo se aposentaban en el Pacífico); pero en la Península, el descontento de ciertos portugueses era aprovechado por los británicos. Ni ingleses ni galos querían una Península unida, y maquinaron todo lo que pudieron y más para que se produjera un resquebrajamiento. Asimismo, la falta de vista de Pau Claris en el nordeste ibérico facilitó que Francia invadiera el Rosellón y la Cerdaña, perdiendo Cataluña su territorialidad norteña; mientras que en Aragón, Navarra y Andalucía, la falta de vista de algunos nobles revoltosos pudieron llevar a problemas mayores. Se ha pretendido enmarcar como villano al conde-duque de Olivares, el cual es posible que se equivocara con su política centralista, acaso antecedente del despotismo ilustrado; ¿pero acaso no era menos equivocado que sólo la Corona de Castilla mantuviera una pesada maquinaria de guerra universal, siendo que los que más tributaban eran castellanos y andaluces, como decía el grandísimo escritor Francisco de Quevedo? No vemos que muchos que se quejan de un supuesto centralismo castellano, sin embargo, protesten por la presencia de soldados extremeños o andaluces en Nápoles, salvaguardando los intereses de la Corona de Aragón. Y vemos muchas quejas de los validos, y luego de los Borbones, pero no un análisis pormenorizado y desapasionado sobre los Austrias…

En fin, como decimos, a toro pasado todo lo vemos muy fácil, pero el caso es que España entró con vigor en el tablero continental y sin embargo, perdió mucho más de lo que ganó. Aunque la estocada final la tendría el imperio británico, quien entendió en el siglo XVIII que “a España hay que vencerla en América y no en Europa”. Pareciera que a partir de este siglo, con los Borbones, tendríamos un enfoque más “nacional” por así decirlo, pero por una cosa o por otra, el mar se infestaba; y además, la política europea nos había salpicado en demasía: Teníamos el borbónico Pacto de Familia con Francia, la misma que pretendía que ya “no hubiera Pirineos”, y gracias al desastroso, usurpador e invasor archiduque de Austria, el imperio británico se aposentaba en Gibraltar, mientras que Holanda se permitió el lujo de razziar nuestra Península. Con estos moldes, era difícil retomar una política más de tierra adentro y de mare nostrum.

Así las cosas, pensando en estas dificultosas reflexiones, se me vienen a la cabeza los ensayos sobre la Rusia contemporánea del eminente sabio Alexander Solzhenitsyn (3). Solzhenitsyn era muy crítico sobre las incursiones políticas de Rusia en Europa. En contra de ciertos nacionalistas de su tierra, siempre se mostró crítico, por ejemplo, con la ocupación de Polonia, a cuyo pueblo no dejaba de admirar. Nuestro gran matemático, físico e historiador decía que una vez conseguida la unidad política, defendiéndose de incursiones lituano-polacas, Rusia mejor se tenía que haber dedicado a afianzar su territorialidad e independencia, y no dejarse influenciar por otras potencias, ya fueran alemanes, franceses o ingleses; ni tan siquiera por el paneslavismo, que según él, no había traído más que desgracias a su patria, porque una cosa era la eslavofilia, el amor cultural de los antepasados y la reafirmación en esa identidad en lo concerniente a las comunidades orientales (puesto que entre los eslavos del centro estamos hablando de otras realidades), y otra cosa el pretender hacer aventuras político-militares de engañosas bases.

De todos modos todo aquel que se junta mucho con Inglaterra acaba mal, y ese ha sido el caso tanto de Portugal como de Rusia. Inglaterra, siempre en el mar, ha utilizado como ha querido a países dentro del continente para imponer sus intereses. Y pareciera que Napoleón le dio la excusa perfecta. Mientras que el ejército bonapartista se había pavoneado por Europa, España y Rusia fueron las patrias artífices de su derrota militar, y tal vez momentáneamente en lo espiritual, por desgracia, no tuvieron poder para derrotar su forma de hacer política, que no era otra que la Revolución hecha conservadora; y asimismo, tampoco tuvieron poder para evitar la definitiva penetración británica, que si a priori durante el XIX encontró un escollo en su hijo norteamericano, en el XX se confirmarían como inmejorables aliados, siendo que es rigurosamente falso eso de que el imperio británico no exista, puesto que éste, además de ostentar jefaturas de estado como las de Canadá y Australia, no deja de tener un aura mística para los hijos de Washington: No olvidemos que la reina de Inglaterra es la papisa anglicana y toda una figura dentro del protestantismo anglosajón en general.

En el pasado, Rusia se dejó engatusar por franceses, ingleses, prusianos o austríacos, los mismos que en muchas ocasiones, la menospreciaban. Algunos románticos tardíos suelen echar en cara a Rusia las invasiones de Polonia, y sería menester recordarles que en verdad fueron Prusia y Austria las que decidieron repartirse a esta noble y antigua nación; y Austria no muchos años después de que Juan Sobieski y sus húsares fueran determinantes para derrotar a los turcos que pretendían quedarse con Viena. Lo mismo podríamos decirle en España a los múltiples románticos austracistas que encontramos en los más variados sectores políticos, reiterándoles la irresponsabilidad de un archiduque Carlos que nada tenía que pintar en España luego del testamento de Carlos II, y que entró con ingleses y holandeses. Casi nada…

Con todo, lo que un servidor pretende no es cargar contra los austríacos, sino referir que la historia es muy compleja y hay que contarla toda para intentar comprenderla en su contexto y en su momento, y no desde un “presentismo” ciego o ideológico, y tampoco como una oferta conveniente y antojadiza de cualquier supermercado. La Historia nos da muchas enseñanzas y el sentido común que nos da el filtro de la experiencia es lo que construye la tradición, y en ese proceso tiene que trabajar la lija, si se quiere.

Volviendo a Solzhenitsyn, hemos de recordar que este gran intelectual era contrario a aventuras militaristas, e incluso se mostró crítico con ciertos aspectos de la guerra de Chechenia. Él abogaba por la reunión de los eslavos orientales, de la Rusia Pequeña (buena parte de la actual Ucrania), la Rusia Blanca (Bielorrusia) a todas las Rusias, pero nunca desde la “fuerza”, ni tampoco permitiendo agresiones a la población rusófona, pues no en vano, denunció que la rusa era la mayor y más desconocida diáspora de la actualidad, entre veinticinco y treinta millones de almas, esparcidas desde los lindes de la Europa Central al Extremo Oriente por obra y gracia de las deportaciones soviéticas. Es por ello que jamás creyó en lo que algunos llaman “patriotismo soviético” y lo fustigó como la mayor de las imposturas, llenando sus escritos de futuras advertencias en este sentido. Y en estas advertencias iba el peligro de la artificialidad de las fronteras soviéticas, con ejemplos como el nuevo estado de Kazajstán, que tiene una buena parte rusa, así como las fronteras caucásicas. Y curiosamente, aunque eso parezca lejos de Europa, sin embargo, los occidentalistas de estas regiones son los más descarados europeístas, porque de hecho, saben que al ser europeístas tendrán contentos a la administración angloamericana.

Y claro, otra cosa sobre la que Solzhenitsyn advertía era Siberia, la inmensa frontera llena de materias primas y despoblada, con la cercanía de China. Y quién sabe si determinadas potencias podrían forzar un desencuentro entre rusos y chinos, o por la contra, a la administración rusa se esfuerza en tener buenas relaciones con China por esto mismo.

Parece que el Oriente es una tierra propicia para profetas. Solzhenitsyn siempre señalaba la perspicacia de su compatriota el grandísimo escritor Fiodor Dostoyevski, a esa Europa que por un lado, tanta curiosidad le inspiraba, pero que también le provocó no pocos recelos. Es obligado citar a Dostoyevski cuando situamos a Rusia ante Europa, porque no en vano, el autor de “Los hermanos Karamazov” dijo: “Quiero ir a Europa. Sé que sólo encontraré un cementerio, pero ¡qué cementerio más querido! Allí yacen difuntos ilustres; cada losa habla de una vida pasada ardorosa, de una fe apasionada en sus ideales, de una lucha por la verdad y la ciencia. Sé de antemano que caeré al suelo y que besaré llorando esas piedras convencido de todo corazón de que todo aquello, desde hace tiempo, es ya un cementerio y nada más que un cementerio… Europa, ¡qué cosa tan terrible y santa es Europa! ¡Si supieran ustedes, señores, hasta que punto nos es querida – a nosotros, los soñadores eslavófilos, odiadores de Europa según ustedes – esa Europa! ¡Como amamos y honramos, de un amor y una estima más que fraternales, las grandes razas que la habitan y todo lo que ellas han culminado de grande y de bello! Si supieran ustedes hasta que punto nos desgarran el corazón las nubes sombrías que cada vez más velan su firmamento…”

Creemos que más de un viaje ayudó a destapar la curiosidad de Dostoyevski, y que a día de hoy Europa, más que un ilustre cementerio, es un museo muerto. Dostoyevski también intuyó que la vocación de Rusia radicaría en absorber a Europa, cosa que en verdad no gustaba demasiado a Solzhenitsyn, quien decía que si bien Rusia había abierto las puertas al infierno, acaso estaba destinada a cerrarle las puertas conforme el advenimiento del fin de los tiempos.

¿Qué es “Europa” para nosotros? Está claro que no estamos hechos para los laberínticos vericuetos de sus políticas, los cuales nos enredan, nos confunden y encima, procuran la dormición de nuestras almas. Empero, no olvidemos una cosa: Nosotros somos los pilares, y sin nosotros no hay nada. Y es que como vemos, los limes irredentos de España y Rusia, del Atlas a Siberia respectivamente (y España debiendo contar con el continente americano) no dejan de ser un enlace obligado para con Europa, y eso Europa lo sabe. Otra cosa es que el enlace sea fuerte o débil y así aprovechar con justicia su voz y su influjo. En el caso de Rusia, parece ser lo primero. En el caso de España, no hay duda de que, por desgracia, es lo segundo. Y sin firmeza y coherencia, nada se puede hacer, y ya ven ustedes cómo es la desastrosa política internacional española, totalmente entregada a la peor Europa y al atlantismo…

Así las cosas, sólo nos queda por remachar que España y Rusia tienen su misión ante Europa, y que desde luego, sería muy deseable, como ya escribimos en alguna otra ocasión, como españoles, mirarnos más en el espejo ruso y procurar su alianza dentro de este alocado mundo global. Podríamos ser, por honor a nuestro pasado y por nuestro real potencial, mucho más de lo que tristemente somos. ¡Y debemos serlo!

Notas:

(1) Sobre Elías de Tejada: http://fundacioneliasdetejada.org/

(2) Sobre este particular, véase: http://poemariodeantoniomorenoruiz.blogspot.com/2014/10/mis-lecturas-origenes-de-la-nacion.html

(3) Sobre Solzhenitsyn: Apologías de Solzhenitsyn… , Mis lecturas: “El primer círculo”, de A. Solzhe… , De Dostoyevski a Solzhenitsyn.

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4 respuestas a Rusia y España ante Europa

  1. Adversario dijo:

    MINSK (Sputnik) — Rusia y Bielorrusia reaccionan de manera adecuada al aumento de la presencia de la OTAN cerca de las fronteras del Estado de la Unión que forman los dos países, declaró el presidente de Bielorrusia, Alexandr Lukashenko.

    Lea más en http://mundo.sputniknews.com/seguridad/20160607/1060500574/rusia-bielorrusia-otan.html#ixzz4AzKZiJ95

  2. Uno dijo:

    “Fue esta obstinación de galaicos, astures, cántabros y vascones…”. ¿Y el Reino de Aragón, con sus catalanes y aragoneses, no hizo nada por la reconquista??

  3. Alan dijo:

    Muchas diferencias actuales hay entre Rusia y España.
    España es un país social y moralmente degenerado y corrompido donde todo tipo de inmoralidades son impuestas incluso legal y privilegiadamente. Nada que ver con Rusia que no se ha dejado imponer la agenda de ingeniería social antihumana y grotesca basada en el marxismo cultural (homosexualismo, ideología de género etc)

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