Rebeldes estúpidos y burgueses

por Sebastiano Caputo

Lo que une a Pier Paolo Pasolini, el sesenta y ocho, George Soros y el movimiento en contra de Donald Trump “MoveOn”.

Sobre el voto industrial y rural que en parte condujo a Donald Trump a jefe de la Casa Blanca ya hemos escrito en caliente al día siguiente de las elecciones en Estados Unidos. Ahora, la historia va hacia adelante y vuelve, inexorablemente, con la misma dinámica del pasado. En las principales ciudades de América del Norte los “under 30“, apoyados por los pseudo-intelectuales y las personalidades del starsystem, han salido a las calles para manifestar su rabia contra The Donald. “Demócratas” que contestan una votación democrática. Hijos de Papá que juegan a hacerse los incendiarios. Probablemente si hubiera ganado la Clinton, los trabajadores, los ganaderos y los agricultores no habrían salido nunca a la calle, no tanto por indiferencia, sino porque cuando se trabaja duro se despierta temprano por la mañana. Pier Paolo Pasolini lo enseñó en sus “escritos corsarios” con ocasión de los enfrentamientos en Valle Giulia, cuando los estudiantes se enfrentaron de cara a la policía, iniciando aquel movimiento pseudo-revolucionario que fue el sesenta y ocho.

“Ahora los periodistas de todo el mundo (incluidos
los de la televisión)
les lamen (como todavía se dice en el lenguaje
estudiantil) el culo. Yo no, queridos.
Tienen caras de hijos de papá.
Buena raza no miente.
Tienen el mismo ojo ruin.
Son miedosos, ambiguos, desesperados
(¡muy bien!) pero también saben como ser
prepotentes, seguros y descarados:
prerrogativas pequeño-burguesas, queridos.
Cuando ayer en Valle Giulia pelearon con
los policías, yo simpatizaba con los policías.
Porque los policías son hijos de pobres.
Vienen de las periferias, sean campesinas o urbanas”.

Los versos de Pier Paolo Pasolini que desataron la ira de los estudiantes.

Y menos mal que los “ignorantes” eran los partidarios de Trump, condenados por unanimidad por no ser licenciados (una buena parte de estos). Con lo que cuestan las universidades en los Estados Unidos, ahora también la educación se ha transformado en un asunto de clase. Su culpa, según estos bienpensantes, sería la de no podérsela permitir. Paradójicamente, los semi-cultos, los culturizados, los literatos, prisioneros de la corrección política, y de la “cultura del lloriqueo” (Robert Hughes), pertenecientes a la gran familia liberal se han convertido en los campeones de una falta de liberalismo moral incluso antes que filosófico. La sabiduría de los no licenciados es infinita frente a las consignas esgrimidas por los manifestantes. Éstas son algunas reunidas aquí y allá de las fotografías que los muestran despotricando con pancartas: “Not my president”, No es mi presidente; “Hagamos de nuevo amar a América”; “Trump hace odiar a América”; “Love Trumps hate”, El amor vence al odio; “Impeachment para Trump”; “Not in my name”, No en mi nombre; “Never lose hope”, Nunca perder la esperanza; “Trump racista”; “Trump antisemita”; “Trump acosador”; “Black lives matter”, “Las vidas negras importan”; “Trump odia a las mujeres”; “Trump quítate el peluquín”.

Las protestas anti Trump en Nueva York

Hay un hilo conductor que une el pensamiento de Pier Paolo Pasolini con las técnicas modernas y sofisticadas de manipulación de masas. Entre los manifestantes hay quienes viven la contestación de buena fe, pero hay quien, los tontos útiles los llamaba Lenin, habría sido literalmente empujados por algunas llamadas aparentemente “desde abajo” para inundar las calles contra el nuevo presidente de los Estados Unidos. Junto al levantamiento espontáneo, aunque discutible, existiría una verdadera y propia movilización teledirigida desde arriba a través de una organización llamada “MoveOn-democracy in action“, y que incluye entre sus innumerables financiadores al magnate George Soros. Personaje conocido por su volumen de negocios en todo el mundo, pero sobre todo por haber apoyado a Hillary Clinton durante esta elección. Una vez más se aprovecha de los más débiles y vulnerables, en este caso los veinteañeros, mano de obra gartuita, para conquistar espacio económico y político que al final de la fiesta los dejará fuera del campo de decisiones. El legado pasoliniano debería ser tallado en el imaginario de todos: cuando nos movilizamos por un ideal, cualquiera que sea, preguntémonos siempre para quién estamos haciendo el trabajo sucio.

L’Intellettuale dissidente

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