La tiranía de lo políticamente correcto. El ejemplo de la educación

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La tiranía de lo políticamente correcto. El ejemplo de la educación

EL ESPÍA DIGITAL

Pablo Ferreyros Quiñones

Hace poco en un centro comercial de Inglaterra, una chica se paseaba recolectando firmas para solicitar al Estado que el servicio de salud cubra gratuitamente la ablación clitórica, por ser este un supuesto “derecho” y “tradición cultural” de las minorías musulmanas residentes en este país. Esto era parte de un experimento social para ver a qué nivel de corrección política han llegado los ingleses y como esto puede afectar su toma de decisiones.

Lo sorprendente es que la mayoría de personas terminó dando su firma. ¿Por qué lo hicieron? El estudio sugiere que muchos, pese a conocer en qué consiste esta atroz practica y estar personalmente en contra de ella, firmaron por temor a ser vistos como xenófobos o intolerantes religiosos. El problema que se pone así en evidencia es que este mismo razonamiento se está replicando en muchos otros asuntos de discusión pública. ¿Cuál es el resultado de esta progresiva imposición de lo políticamente correcto? ¿Cómo puede influir en la toma colectiva de decisiones? ¿Qué tan válido es lo que plantea? Y sobre todo ¿Quiénes se benefician con ella?

La “moda” de lo políticamente correcto no es otra cosa que la imposición de una determinada moral – relativista- a la sociedad bajo la amenaza de ser descalificado personalmente si no se acepta. En este caso particular lo que se impuso fue un relativismo cultural en el cual basta que un determinado acto sea tradición o costumbre de alguna minoría o grupo oprimido para que esté más allá del bien y del mal. Pero al ser la imposición de lo políticamente correcto un método tan efectivo para la producción en masa falacias ad hominem, este caso, lejos de ser el último, es solo un ejemplo de lo que viene ocurriendo en muchos otros asuntos. Así, el que está en contra de la adopción de niños por parejas homosexuales es homofóbico, el que está en contra del aborto es machista y misógino, el que está a favor de la libertad económica es cómplice de las malvadas corporaciones internacionales que quieren destruir el medio ambiente y el que tiene un gesto de caballerosidad es un heteropatriarcalista dominante simbólico.

Comentario: Este tipo de pensamiento denota además un preocupante grado de pensamiento del tipo “blanco o negro”, normal en el desarrollo de un niño de dos años o un poco más, pero ciertamente no muy saludable en la mentalidad de un “adulto”. Un ejemplo bien conocido de tal pensamiento es el de “estás conmigo o en mi contra”, bastante típico en las tiranías contra las cuales estos llamados “progresistas” dicen luchar.

Si miramos con más detenimiento esta imposición de lo que acertadamente se ha dado por llamar marxismo cultural (el lector atento ya se habrá dado cuenta que los políticamente correctos buscan plantear todo en términos de estructuras de dominación) veremos que no tiene fundamento alguno. Sus defensores usualmente buscan colgarse de argumentos liberales como la tolerancia o el principio del daño pero estos no tienen nada que ver con lo que buscan defender. La tolerancia implica necesariamente el disenso y, al menos desde la perspectiva auténticamente liberal, pasa por no imponer, no por aceptar. Además, la visión positiva – intervencionista- de las libertades que sostienen los defensores de lo políticamente correcto no podría estar más alejada de la concepción liberal de derechos negativos y de libertad como no coacción.

En efecto, los marxistas culturales no son liberales sino una suerte de nuevos fariseos. Son más cerrados y reaccionarios que los sectores a los que pretenden criticar y predican la tolerancia atacando amargamente a quienes piensen distinto. En todo caso podría decirse que son una reducción al absurdo de los planteamientos igualitaristas.

El problema es que las falacias lógicas tienen un alto poder de convencimiento y que en varios aspectos de la discusión pública ya se ha impuesto lo políticamente correcto casi como un deber moral. Y muchos, a pesar de que esta contravenga sus principios, no se atreven a criticarla por miedo a ser rotulados de fachos, opresores o intolerantes. El efecto de esta imposición ha sido en buena cuenta empobrecer los debates en torno a muchos aspectos reduciendo la libertad de expresión de sus participantes e imponiendo ideologías únicas que es políticamente incorrecto criticar. Además, se ha terminado por deformar o ideologizar demandas que sí eran válidas e importantes.

Esta forma de debatir amordazando al que piensa diferente es completamente antidemocrática y contradice todo el discurso de pluralidad y tolerancia que ni sus defensores se creen. Lo políticamente correcto finalmente no es una forma sincera de pensar o algo en lo que verdaderamente se cree sino un medio para imponer soslayadamente y sin argumentos válidos ideologías únicas e incuestionables.

No se equivocaba Octavio Paz al afirmar que “si existe un sector reaccionario en América Latina es el de los intelectuales de izquierda. Esta gente no tiene memoria. No he escuchado a ninguno de ellos admitir que se equivocó. El marxismo se ha convertido en un vicio intelectual, es la superstición del siglo”[1].

[1] Octavio Paz, citado por Alan Riding, New York Times (3 de mayo de 1979)

Fuente: Lucidez 

“Modern Educayshun” o la educación políticamente correcta del progresismo postmoderno (vídeo)

Neel Kolhatkar

Comentario: A continuación, les presentamos una excelente parodia (bastante realista) de lo que implica la actual tendencia hacia una moralidad relativista basada en puros sentimientos subjetivos, la cual rechaza la verdad y los hechos de la vida real y tergiversa conceptos como el de “igualdad”, “tolerancia”, “respeto” o “libertad”, para convertirlos en auténticas fantasías.

La secuela de “Equality”, “Modern Educayshun“, profundiza en los peligros potenciales de una cultura hipersensible creada por los medios sociales y la corrección política.

Escrito y dirigido por Neel Kolhatkar.

Comentario: ¿A qué punto hemos llegado en que no se puede decir nada malo de nadie porque uno corre el riesgo de ofender? ¿Podemos ver el peligro de permitir que se imponga una moral “políticamente correcta” que todos deben seguir porque si no serán etiquetados como “racistas”, “intolerantes”, “xenófobos”, “sexistas”, etc…? ¿Acaso no ven la ironía de que al imponer tal moralidad que defiende a tal punto la subjetividad están siendo ellos mismos los intolerantes? Ellos no toleran la disidencia, no toleran que se llame a las cosas por su nombre, no toleran que alguien haga caso a la lógica y a lo que sus ojos ven, porque lo que importa para ellos es, en última instancia, lo que sienten en sus “preciosos corazones de cristal”. La verdad no importa y uno tiene que respetar SU verdad, porque si uno dice otra verdad, uno hiere sus sentimientos, algo que ellos, los cruzados de la “tolerancia”, no pueden tolerar.

Estamos hablando, literalmente, de fomentar la vida en un mundo de fantasías en el que cada uno puede imaginarse que es lo que sea que su mente conciba; y la realidad se tiene que adecuar a esas fantasías que crean en sus mentes. Según ellos, esto es libertad, pero en realidad, solo se atrapan cada vez más en un mundo ficticio y, por ende, se vuelven histéricos sin conciencia moral real, fáciles de manipular y totalmente incapaces de asumir responsabilidad. Si esta es la generación del milenio, ¿hacia dónde vamos?

Andrzej Łobaczewski, autor de La ponerología política parecía tener una idea:

Por tanto, los sueños de una vida feliz y tranquila llevaron a ejercer la fuerza sobre los demás, un poder que deprava la mente de quien domina. He aquí la razón por la cual la tan soñada felicidad no se ha vuelto realidad en el transcurso de la historia. Esa visión hedonística de la “felicidad” contiene las semillas de la miseria y nutre el ciclo eterno dentro del cual los buenos tiempos dan lugar a los malos que, a su vez, causan el sufrimiento y el esfuerzo mental que conllevan a adquirir experiencia, sentido común, moderación y cierta cantidad de conocimiento psicológico, virtudes que ayudan a reconstruir condiciones de vida más felices.

Durante los buenos tiempos, las personas pierden progresivamente de vista la necesidad de realizar una profunda reflexión e introspección, conocer a los demás y comprender las leyes complejas de la vida. ¿Vale realmente la pena reflexionar largo y tendido acerca de las propiedades de la naturaleza humana y de la personalidad imperfecta del hombre, ya sean propias o ajenas? ¿Podemos comprender el significado creativo del sufrimiento que no hemos experimentado en carne propia, en lugar de tomar el camino más fácil y culpar a la víctima? Cualquier esfuerzo mental adicional parece una tarea sin sentido cuando los placeres de la vida están al alcance de nuestras manosUna persona inteligente, liberal y feliz es vista con beneplácito, mientras que alguien capaz de ver a futuro y de predecir resultados nefastos se convierte en un aguafiestas.

Durante los “buenos” tiempos, percibir la verdad acerca de nuestro entorno y, en especial, comprender la personalidad humana y sus valores, dejan de ser una virtudtodo aquél que se haga preguntas y plantee dudas es menospreciado y se le juzga de ser un entrometido incapaz de dejar el bienestar tranquilo. A su vez, esa actitud conlleva al empobrecimiento del conocimiento psicológico, así como de la capacidad para diferenciar las propiedades de la naturaleza humana y de la personalidad, y de la habilidad para moldear la mente de manera creativa. El culto del poder reemplaza así aquellos valores mentales tan esenciales para mantener las leyes y el orden de manera pacífica. Podríamos decir que el enriquecimiento de una nación con respecto a la visión psicológica del mundo, o por el contrario, su involución, permiten predecir si su futuro será bueno o malo.

La búsqueda de la verdad resulta problemática durante los tiempos “buenos” debido a que revela hechos incómodos. Es preferible albergar pensamientos más sencillos y placenteros. La eliminación inconsciente de información a simple vista innecesaria se convierte en un hábito, y gradualmente pasa a ser una costumbre aceptada por la sociedad en general. El problema es que resulta difícil sacar conclusiones correctas mediante el uso de un proceso de pensamiento basado en información tan parcializada, que con el tiempo reemplaza de manera inconsciente aquellas premisas incómodas por otras más convenientes, aproximándose de ese modo a los límites de la psicopatología.

Dichas épocas felices para un grupo (frecuentemente alcanzadas a raíz de injusticias hacia otros pueblos o naciones) comienzan a coartar la capacidad de desarrollar una consciencia individual y social; los factores subconscientes asumen un rol decisivo en la vida. Una sociedad de este tipo, que ya ha sido infectada por ese estado histeroide, considera que toda percepción derivada de una verdad incómoda es señal de “mala educación”. […] En esos tiempos, la capacidad para reflexionar de manera lógica y disciplinada, que nace durante las épocas difíciles, comienza a desvanecerse. Cuando las comunidades pierden la capacidad de desarrollar el razonamiento psicológico y la crítica moral, se intensifican los procesos de creación del mal en todas las escalas sociales, ya sea a nivel individual o macrosocial, hasta que todo vuelve a dar lugar a los malos tiempos.

Como ya sabemos, toda sociedad está compuesta por un determinado porcentaje de personas con trastornos psicológicos provocados por diferentes factores hereditarios o adquiridos que causan anomalías en la percepción, el pensamiento y el carácter. Muchas de esas personas intentan atribuirle significado a su existencia trastornada adoptando una vida social hiperactiva. Crean sus propios mitos e ideologías con fines de sobrecompensación, y suelen insinuar de manera egotista que tanto sus percepciones como sus metas e ideas anormales son superiores a las de los demás.

Cuando unas pocas generaciones que gozan de la despreocupación característica de los “buenos tiempos” culminan con un déficit social tanto en lo que concierne a la habilidad psicológica como a la crítica moral, se abre el camino para que conspiradores patológicos, encantadores de serpientes e incluso impostores más primitivos, comiencen a actuar y a fundirse con los procesos de origen del mal. Esas personas constituyen factores esenciales en la concretización de este último. […]

Fuente: Sott

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